MIÉRCOLES SANTO

AMÉRICA 2 – Millonarios 1

#EscritoConElAlma

MIÉRCOLES SANTO

El reloj apenas marcaba siete minutos y los nuestros parecían llevar sobre el lomo más de ochenta minutos de frustración. El Rojo caminaba mientras su rival corría. Su rostro denotaba cansancio y las piernas no respondían. El rival, muy superior en disposición, dinámica e intensidad, se sentía tan cómodo en la cancha al punto de marcar un gol, perder un par más y someter al bicampeón. El olor agrio a eliminación me produjo una arcada. No es posible que otra vez vengan y se lleven los puntos del Pascual.

El juego ya avanzaba por la hora y el Rojo nada que pateaba al arco. El entrenador metió un par de cambios descifrados de inmediato por Gamero. El Rojo seguía hundido en un lodazal de impotencia y la esperanza de al menos empatar parecía un cuento de aleluyas y halcones.  Las sombras del miércoles santo bailaban sobre la angustia de la gente que apelaba al coro de güeeeevos güeeeevos que llegaba de sur, oriental y norte. Giraldo despejó un balón aparentemente inofensivo. Aldair atacó la posición y su carrera forzó al error del arquero, quien salió y anticipó, pero dejó el balón cortó. Su rechazo, milimétrico, cayó en el pie izquierdo de Sánchez y su gran virtud de marcar goles difíciles de olvidar. Sin dejar caer el balón, arqueó su pie, con su mano derecha en jarras y la vista en el arco, lo devolvió a la red con tanta precisión que parecía irreal. ¡Golazo! Fue entonces cuando el Rojo se metió al partido y, cansado mental y físicamente como estaba, le tiró la camiseta a su rival.

Un par de minutos después, Santiago Moreno, sobre oriental con norte, levantó un tiro de esquina. El rival no asimilaba el golpe y en cambio el bicampeón, con los bríos que da un empate inesperado, metió seis hombres en el área rival. Uno de ellos Marlon Torres. El animal que solo una patada en la cara logra sacarlo de la cancha, el que se echó a medio mundo con su frase célebre ¡siempre es la misma maricada! el del siete de diciembre, el del 27 en el Campín, el caporal de zaga. Santiago cobró y el balón serpenteó en el aire camino a su destino. Torres, tiro una zancada al aire con sus dos piernas, saltó venciendo una cuchilla de polvo y la resistencia de tres rivales. Cabeceó, firme, fuerte, seguro y cuando el empate suponía el ocaso de una tarde amarga, ese golpe de cabeza le puso un brillo rojizo inesperado y divino. El balón fue a la red. El gol se cantó alrededor y de la nada, como suelen ocurrir las cosas maravillosas, América de Cali resultó manoseando la victoria. ¡Golazooo!

El atardecer que supuso el ocaso del miércoles santo me encontró celebrando otro gol de América y una victoria quirúrgica. La lúgubre agonía de un juego parco se la llevó la convicción férrea del equipo. Diez minutos, dos goles, mil abrazos y un millón más de razones para creer en el sueño que me aflige al límite de la obsesión: el tricampeonato. Cierro los ojos para dejar atrás los minutos sombríos del partido convencido de que este equipo corregirá lo pertinente. Cierro los ojos y prefiero quedarme con el carácter del equipo y las ganas de ir siempre adelante. Cierro los ojos y me entrego al sonido poético del toque de Sánchez y el cabezazo elocuente de Marlon Torres. Cierro los ojos de este miércoles santo y no puedo pensar más que en fiesta, pólvora y el cielo salpicado de pólvora mientras mi equipo defiende el título, los títulos. Cierro los ojos para dejar en la oscuridad relegados a quienes no estén preparados para saber qué hay más allá del bicampeonato. Yo estoy convencido, creo a pie juntillas en este equipo y alentaré y escribiré con el alma hasta el último minuto del último juego. ¡Vamos, América! ¡Vamos, bicampeón!

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ — @MBER226

Graterol – Arrieta – Torres * –  Ortiz – Quiñonez H. (Giraldo) – Cabrera (Sánchez *) – Carrascal –  Paz (Ureña) – Lucumí (Rodríguez A.)  –  Vergara –  Moreno

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