ASÍ DEBÍA TERMINAR

#EscritoConElAlma

Los últimos minutos en Santa Marta, con el resultado puesto y la emoción en efervescencia pura, presagiaban lo mejor. Llegar vivos a la última fecha, ganar hoy, encender una bengala y agitar las banderas.   El juego terminó allá. Acá las palmas se calentaban y el corazón, inevitable, latió con la fuerza de una esperanza.  Al minuto de juego,  con una opción inmejorable de anotar; Pasto redactó el prefacio de lo que al final sería otra página desgraciada de esta novela negra llamada América de Cali.

El equipo, sin embargo, intentó.  Asfixiado por sus limitaciones protuberantes inclinó levemente la cancha y, quizás, hizo creer que el desenlace utópico podía llegar.  Aristeguieta tuvo la oportunidad  de irse dejando un gran recuerdo en el hincha pero, a dos metros de la raya de gol, con ventaja sobre el defensa y el arquero rival, mandó el balón lejos del arco y de cualquier atisbo de buen recuerdo. Se va con una tarjeta llena de goles que sirvieron para muy poco; ninguno importante.  Gracias. Era hoy, chamo. Era hoy.  Adiós.

Entonces, la noche quedó en tinieblas y la desgracia tendió su manto cruel sobre el césped.  Expulsión de Sánchez y gol de Bejarano que se lanzó sobre el balón con el movimiento de un paraguas cerrándose… Un aire de desgracia atravesó la cancha. El gol amainó el débil carácter del equipo y de su entrenador. De ahí en adelante  el coro de madrazos, los señalamientos, la desdicha en carne viva y el rencor enquistado minaron la noche, la cancha y el maltrecho corazón del hincha. A la mierda todo y todos. ¡Váyanse a la mierda!

Rara vez en este micro mundo del fútbol algo que mal inicia termina diferente.  La campaña de un equipo hecho a partir de intereses ajenos, sin identidad, con una camiseta y un escudo hecho harapos y plagado de malas decisiones debe terminar así.  Jugadores que se creen divas, aquelarres que sacan entrenadores, entrenadores presumiendo de revolucionarios, camionados de jugadores juveniles y ni un solo jugador de categoría, buitres merodeando, dirigentes vanidosos; todo a las tapadas.  El rival siguió marcando goles, se metieron a la cancha, agredieron jugadores, el palco fue abandonado, puteamos aquí y allá, Jersson salió cubierto por escudos de la policía; así debía terminar. El niño mira absorto a su papá llorando con la vista en el recuerdo de un pasado mejor,  pero que cada día y con cada campaña que pasa, se hace más difícil recordar.  Suenan estruendos alrededor y una piedra se cruza en el aire con un madrazo. La casa otra vez profanada.  Así debía terminar esta recocha que armaron, perros.

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ — @MBER226

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