DÍA SIETE: CREER

#EscritoConElAlma

Junior 0 – AMÉRICA 0

Una extraña tranquilidad me acompañó en la previa de la final. Dormí tranquilo, elegí la camiseta sin titubeos.  Como de costumbre escuché la cumbia del rojo y el himno de fe y alegría. Es cierto, pasó una década y un costalado de días más para volver a este instante de alentar al equipo de mi vida en una final. Quizás, la única preocupación real era la costilla de Vergara, pero todo quedo atrás cuando el balón rodó y de lo profundo del alma, donde nacen estas líneas, salió el grito de batalla: ¡Vamos, América!

El rojo, equipo de hombres, aguantó la envestida de Junior, y con 17 minutos de la final sobre el lomo, le puso la sordina al fútbol del rival. De ahí en adelante, América de Cali fue soberbio y encantador. Songo sorongo el rojo se adueñó del balón, las emociones y las mejores ocasiones de gol. Un rito libre de Carrascal, el jefe del medio campo, al que solo le faltó un suspiro para silenciar la ciudadela veinte de julio. Y una maravilla de Rangel que en un azulejo frenó, enganchó, y gambeteó a tres rivales. Los dejó atrás.  Estaba listo para definir y empezar a tallar el nombre del campeón cuando un cierre espectral desvió el remate. ¡Uff! ¡Se salvaron! El primer tiempo terminó, y aquella tranquilidad de la cual le hablé líneas atrás mutaba en un convencimiento pleno y taxativo. Lo vamos a lograr.

El rojo siguió, ahora más convencido. El reloj andaba y cada minuto que pasaba se acomodaba a su fútbol. Los nuestros fueron gigantes.  Optaron por una disciplina de vocación y un aplomo que evoca buenos tiempos. La línea defensiva fue imperial; inutilizaron a un tal Teofilo que hoy apenas llegó a cachaza Hérnandez. Y allí en defensa brilló de nuevo Velasco, el resistido, que lleva siete partidos (los más importantes del año) jugando en una versión de fémur recortado del Toño Moreno; hoy fue soberano y prácticamente impasable. Sobre el minuto 81 el balón llovió sobre el solar del área y hasta ese sitio, como un lince de estepa, saltó Neto Volpi y se colgó del balón.  Y al minuto siguiente recortó con garbo y elegancia un centro venenoso que amenazaba la tranquilidad escarlata. Ahí entendí que el resultado no se podía escapar y que el viejo anhelo empieza a ser realidad. El tiempo corría. El rojo jugaba con tranquilidad y Junior, preso de un estrés colectivo, caía una y otra vez en la madeja táctica que Alexandre Guimaraes, me pongo de pie, le tendió desde la mañana a su rival cuando el sol asomaba en Bocas de Ceniza. El juego terminó y no queda más remedio que creer. Seguir creyendo.

¿Y cómo no voy a creer?

Cómo no creer si lo hice cuando Bermúdez y sus amigos llegaron. Cuando los malos manejos nos iban condenando de a poco y dependíamos de un tiro libre de Artigas. Si creí en un español-santandereano y en el chechito Angulo. Cómo no voy a creer si pensé que Chávez perdería el penal y Lara le cumpliría la promesa. Cómo no voy a creer si creí en tantos petimetres y promesas vacías durante un lustro siniestro. ¡Por Dios, si creí, muy a mi pesar, en Pedrito de Portugal! – Joder – Cómo no voy a creer en estos muchachos con güeeeevos hasta en las arterias. En estos muchachos que quieren sentir la gloria y quedar en la historia. En este equipo forjado como el buen acero. En este equipo que se alojó en el tejido vulnerable del corazón. ¿Cómo no creer?

Paso a paso. Día a día. Escalón por escalón. No quiero pensar más allá de hoy y la demostración de carácter de este equipo. Solo quiero disfrutar de este néctar exquisito y del fútbol de este equipo que cada día que pasa muestra un rostro de campeón. El rival llegará confiado pues sus dos recientes títulos los logró fuera de casa con marcadores similares. La diferencia es que esta vez el rival no es Medellín o Pasto; esta vez les toca el gran América de Cali, el equipo más popular de Colombia. Un equipo lleno de ambición y convencimiento que estará acompañado por 39 mil almas desquiciadas, desenfrenadas, en un nivel de excitación absurdo y con el deseo lleno de convencimiento de quitarse esa mochila puta de once años sin encender el cielo de San Fernando con una estrella, una vuelta olímpica y un abrazo de campeón. Creer y nada más. Creer es el único camino que tenemos los rojos, los americanos pura sangre que nos tragamos la peor de la historia. Creer es el único camino que tiene esa generación que no ha visto una final y que solo les ha tocado mierda y dolor. Creer es el único camino de quienes estaremos el sábado en la cancha alentando sin parar con el deseo de, entrada la noche de las velitas, saltar al césped, cantar el palo bonito y cargar a Guimaraes como en un hechizo de fantasía. Hasta entonces, creer. ¡VAMOS, AMÉRICA!

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ — @MBER226

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