UNA TRISTE CRÓNICA

#EscritoConElAlma

Me costó perder la esperanza de la victoria. A pesar del planteamiento, la intriga y el primer gol del rival, el corazón siempre latió y alentó hacia la convicción del triunfo. En la cancha los jugadores daban tumbos sin encontrar el balón. El medio campo era un caos, la zona defensiva un balneario y el ataque una comparsa. El rojo era una sombra de aquel plantel robusto de los primeros 20 puntos y un clon perfecto de los últimos 180 minutos.  Ni siquiera perdí la esperanza cuando Peralta, sí, Peralta, recibió una asistencia de nuestro primer central y puso el segundo para oscurecer un poco más la parca noche. Y no perdí la esperanza, aunque el sensato me decía que ya no había nada qué hacer, porque creía vagamente que el equipo saldría de ese letargo y dejaría en orden las cosas. Qué inocente.

Empecé a perder la esperanza cuando Peralta, sí, Peralta, marcó el tercero y los nuestros empezaron a correr sin rumbo, a tirar pelotazos y a bravear. Empecé a perder la esperanza pasajera cuando vi el rostro culpable del entrenador y cuando el optimista fruncía el ceño mientras recitaba un rosario de madrazos. Cuando vi en la cancha un grupo de jugadores perdidos, entumidos, buscando un penal desde la mitad de la cancha. Cuando vi la expresión de rabia del relator, del comentarista y del recogebolas que poco se emocionó cuando Medina descontó.

El partido estaba por terminar. Quedaban quince minutos y algunos segundos de adición. Y aunque la esperanza puta seguía latiendo moribunda, la realidad era que el partido estaba perdido. Perdimos el juego en la víspera. Los noventa minutos fueron un accesorio. La derrota se consumó cuando la terquedad y la vanidad hicieron el amor la mente del entrenador y gestaron ese esperpento que mandó a la cancha. Perdimos por tacaños. Por no creernos el cuento.  El equipo jugó hoy, y lo entiendo como un accidente, como esos planteles contemporáneos de Velasco y Felicio que tanto procuramos olvidar.  Y solo ahí en ese instante de escalofrío y con el minuto 42 a cuestas, solo ahí cuando el reloj no daba el menor chance, perdí por completo la esperanza de al menos empatar.

El equipo, abatido,  caminaba al camerino con la cabeza mirando al césped en señal de derrota y resignación. Ni siquiera el tímido y solitario aplauso de un niño logró levantarles la cara… Termina cubierto de un silencio estrepitoso un día de lluvias ariscas; de anarquía, estrategias obsoletas, pases errados y vasos vacíos.  Salimos como solíamos salir en esas noches parcas de la malaria que creímos estaban exorcizas; caminando lento con la cabeza hecha un nudo buscando explicaciones y protegiendo la esperanza vagabunda.  Hay que perder, es un juego, y se debe aceptar. Lo inaceptable es perder así como perdimos hoy… En la puesta de esta noche torcida, cierro esta triste crónica que escribo con el corazón emplazado de tristeza, obligándome a creer que este bochorno es una prueba que debe superar cualquier equipo que aspira a ser campeón. ¡Vamos, América!

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ — @MBER226

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