UNA NOCHE DE ABRIL

#EscritoConElAlma

 

El balón, después de surcar el cielo hermoso de San Fernando y sentir el aire denso que respiramos los americanos por estos días, aterrizó en la cabeza de Arboleda, que ganó el primer duelo de la noche. Lizarazo revolvió la zurda y entregó a un costado. Angulo, como un espectro, emanación y bendición, tomó el balón por primera vez en la noche, y entonces, sentimos el resplandor de una noche de abril. Descargó en Borja. El negro no puso ni el lomo ni las nalgas; de primera entregó a Lizarazo y siguió corriendo. El zurdo, de un toque sutil, preciso, atrevido y escandalosamente bello, dejó el balón para otra zurda que llegó rauda a la cita… El balón no podía tener otro destino que el abrazo de la red y la garganta estremecida de la hinchada; un pueblo vestido de rojo. ¡G O L A Z O!

¡Hay que saltar! ¡Hay que saltar! ¡Hay que saltar! ¡Hay que saltar! ¡Hay que saltar!

La actitud demoledora del equipo fue una caricia para el corazón lacerado del hincha. Los de rojo, en la cancha, estaban jugando un partido de esos que tardan en borrarse de la memoria. No erraron un solo pase; corrieron como gamos, metieron como las leyes del futbol ordenan hacerlo en un clásico. Angulo de nuevo apareció y arrastró cinco conos pintados de verde oliva. Luego, un par de rivales se enredaron, pifiaron y Dájome; ¡Sí, Dajome! marcó el segundo gol en una noche diferente a todas las de abril.

Fueron quince minutos frenéticos; de amor a la camiseta, respeto a una institución y una hinchada. Fue un canto celestial o bien una epifanía infernal. Ese tramo del partido, que al final resolvió el clásico, fue todo lo que el hincha quiere ver. Quince minutos soberbios de un equipo trepidante y voraz, que quedaron grabados en el firmamento de una noche de abril y en la sonrisa profunda del hincha que regresa a casa orgulloso y feliz.

En esta noche de abril, que aún no termina, pues recreo en el absurdo de mi mente cada segundo de esos quince minutos y la imagen de los goles, solo importa el resultado y el impacto anímico que supone ganar un clásico. Una noche de abril para borrar el insomnio de marzo que parecía no tener fin y para ondear la raída bandera del orgullo. Estamos lejos, es cierto. Pero, qué importan los números y las tablas de posiciones cuando ganas una clásico. Mañana volveremos a la rutina de ver la clasificación lejos y las opciones intactas. Por lo pronto, mientras bebo un sorbo largo de aguardiente, rojo; inspirado en quince minutos fantásticos, escribo en el ocaso de una noche de abril, las últimas frases de un texto testigo de aquello que el corazón tanto añoraba; volver a ganar un clásico y sobre todo, volver a sonreír. Salud.

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ — @MBER226

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