NOCHE DE EMOCIONES

#EscritoConElAlma

El equipo se pasó 45 minutos tirando patadas, sacándose el balón de encima y viendo el toque armonioso y preciso de Junior. La impotencia brotaba de cada uno de los nuestros que nunca entendieron el partido ni mucho menos el juego del rival. Gol de Junior. Otra oportunidad del visitante. Mano a mano de Teo. Bejarano atajó evitando una catástrofe difícil de explicar. Seré breve: nos pegaron un baile atroz y nos untaron el cuero como hace muchos años no pasaba en casa.  Por suerte terminó.

Quizás abusando de la fortuna y de forma casi suicida, el equipo salió a empatar. Se montó tenuemente en el partido y modelaba el empate tan lejano minutos atrás. Sin embargo, cada que un centro infame de Pérez terminaba lejos de algún compañero o una gambeta escuálida de Cabrera no pasaba, el peligro era inminente haciendo temer lo peor… El equipo cargó, exigió a Viera. Fue torpe por instantes pero leal y honesto a rabiar.  Los minutos pasaban y Junior no liquidaba.

Los zurdos del medio campo no funcionaron. La tribuna estalló y los murmullos de resignación sucumbieron ante el embate furibundo de entusiasmo. Aristeguieta jugó de todo y pedía, con fe carbonero, un centro bueno que nunca llegó. Viera atajó otra. El Pecoso se tomaba la cabeza a dos manos y rezongaba añorando otra suerte. Segovia tomó la lanza y soportado en su zurda y en el aliento de 35 mil que se resistían a perder, buscó la épica. Llegó al área chica y solo un par de centímetros le faltaron a su pie izquierdo para empatar el juego y encontrar un oasis de paz.

Los jugadores acusaban el trajín de una noche que inició con las fauces de la esperanza bien abiertas. Con un derroche de fiesta, comunión y esperanza. Con la noche teñida de ese color rojo corazón que alumbra el rostro de cualquier americano cuando su equipo juega. Agotados, como cualquier peregrino que salta y canta durante 90 minutos, el equipo llegó en jarras a la última jugada del partido.  Cabrera lanzó un centro ondulado, el único aceptable de toda la noche,  que parecía cerrarse y luego abrirse como alejándose de los defensas rivales buscando al ángel cabeceador del cuento de Sacheri.  Aristeguieta se escabulló de dos rivales y un compañero corriendo como un demente al encuentro del balón. El ruido desafiante de la derrota segura se enmudeció.  Saltó y encontró la pelota que debió obedecer el mandato de ese cabezazo urgente y de último minuto. – ¡Gooool! Venezolano de mi vida –  grité con los ojos cerrados por aquella catarata de emoción. El silencio que vino después con el eco puto de la decepción fue el epílogo triste de una noche alegre y festiva. El balón no entró y unos segundos después el partido terminó ante la solemnidad de una noche de emociones a la que solo le faltó el gol.

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ — @MBER226

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