LO QUE PASÓ DESPUÉS

#EscritoConElAlma

Chicó 2 – AMÉRICA 1

LO QUE PASÓ DESPUÉS

El arduo trabajo de la semana se fue al trasto en tan solo tres minutos.  Un soberbio zapatazo señaló el derrotero de la tarde y sepultó las largas jornadas afinando la puntería para hoy.  Contar lo que pasó cuando la luz del cielo se empezó a apagar, causa de repente, un dolor moral.  Dos toques y un pelotazo. Dos toques y un centro que generalmente cayó en la cabeza del mechudo que alentaba en la tribuna.  Dos toques y un tercero triste y lacónico.  Dos toques y un rezongo lastimero en la tribuna que terminaba en un frío suspiro de frustración. ¡Vamos, carajo! A este equipo hay que ganarle. Si hay una pequeña aspiración, hay que ganar, hay que ganar, hay que ganar. No jodas, América, movete, hay que ganar.

El segundo tiempo puso a Lizarazo en cancha como solución (Padre santo, celestial)  La noche, de repente, se hizo más fría con el 10 en cancha.  Pero, súbitamente se calentó, cuando Cuero penetró la defensa rival, y sutilmente con su pie derecho, desvió a la red un pase inédito de Lizarazo. No importó el frío, la peste ni la distancia. Atrás quedaron los reproches, los 45 iniciales y el dolor. El balón rozó la red y el estruendo infinito de gol parecía la banda sonora de la victoria esperada. – Lo ganamos, no hay duda— Un poco de cabeza, una migajita de fútbol y lo ganamos.

Contar lo que pasó después es una pena y hasta un castigo. El equipo tuvo el tiempo y las oportunidades para el segundo, para prolongar la algarabía celestial del minuto 61.  La victoria era una certeza en la cancha y en la tribuna una realidad.  Contar lo que pasó después me llena de ira y decepción.  Dájome recibió el balón sin marca, con veinte metros por delante y un arquero indeciso. Controló el balón tan mal como pudo hacerlo y tras un sartal de errores groseros y doce segundos que no alcanzaron para tanto lamento; el rival marcó el segundo dejando en silencio sepulcral el carnaval que precedía la victoria de hoy.

Contar lo que pasó después es una estrofa a la desventura. Ni siquiera el empate. Ni siquiera un punto. Ni siquiera una miga de dignidad. Un cabezazo de Aristeguieta que sigue fallando lo que hasta el cabezón Enciso metería. El juego terminó y las cuentas, las cuentas empiezan a ser utópicas.  El efecto Pecoso empieza a diluirse entre las duras matemáticas y el calendario retador que espera por este equipo impredecible.

Contar lo que pasó después es una historia repetida y cruel. La jornada terminó como suelen terminar las visitas a esta plaza. Golpeados, derrotados. Sin una estrella, con la despedida del goleador, con los primeros destellos de la horrible noche o con el promedio a cuestas.  O como hoy, renegando en silencio porque el equipo no fue capaz de ganar y porque otra vez, la esperanza, parece desmoronarse ante la mirada triste de un corazón aferrado a un color que jamás dejará de alentar.

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ — @MBER226

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