FELICIDAD

#EscritoConElAlma

Bucaramanga 2 – América 3

FELICIDAD

Cárdenas colgó el balón del ángulo donde quedaron sepultados 20 minutos excepcionales del equipo.  A sacar del medio después de untarles el balón, un remate descomunal, un poema que terminó en el palo y un cabezazo que no entró simplemente porque la noche guardaba algo más. El rojo sintió el golpe y fue presa fácil de una ansiedad pasajera y una impotencia creciente. La tarea inmediata ordenada desde el banco era retomar el balón, pero sobre todo, la calma y la convicción.

Entonces, el equipo que tuvo claro el partido, sin atenuantes ni más preámbulos sometió a su rival.  Pérez lanzó un centro que Cuero no conectó, los defensas esquivaron y cerca de la raya de gol, muy tieso y muy majo, llegó Bernal para desviar con su frente, que hoy estuvo muy en alto, el recorrido del balón hacia la red. Y en la jugada siguiente, así, sin saborear el empate, otro centro cayó en los pies acompasados de Arboleda. Deslizó hacia atrás su cuerpo, desplazó su espacio y con cierta fineza abstracta lanzó el balón a perderse en la red. ¡Gooooool! ¡Gooooool!  Los abrazos, el aroma a cosa verdadera, el grito de desahogo y el resplandor, retumbaban en la cancha, en la tribuna y como si fuera poco, en el corazón.

El fútbol de América seguía siendo un cotarro de excitación.  Mientras el entrenador gruñía lanzando órdenes, el balón danzaba con precisión de relojero, literal, entre los jugadores de rojo.  Y luego, como en esos finales de fábula, sucedió de nuevo… Dájome se aventuró a patear un tiro libre que atravesó la barrera vía terrestre y halló en la red su refugio moral. ¡Gooool!  Un gol que celebró una tribuna repleta de corazones golpeados que han compartido toneladas de derrotas. Un estruendo de gol que sacudió la paz de una noche oblicua, y del cual estas letras, necias por demás, se colgaron para gritar de nuevo, con una frescura inusual en el cogote; “Gool de América, papá”

Al final una pifia imperdonable en la definición y otra en marca, permitieron el segundo del rival que apenas decoró el resultado sin opacar la felicidad.  Sacamos del medio y el partido terminó.

Me cuesta recordar la última vez que escribí este texto feliz. Con esa sensación ajena de un partido pleno de fútbol, güeeeevos y corazón. Recreando decenas de veces en el imaginario absurdo los goles, las jugadas y los toques. Feliz. Feliz recordando cada segundo de los últimos 94 minutos que hoy llamaré felicidad.  La noche terminó como suelen terminar esos días de victorias espléndidas. Satisfechos caminamos a casa, con el rojo más rojo en el pecho y dueños de una felicidad robusta que se nota en el andar lento, pues estas horas, tan ajenas en los últimos años se deben disfrutar y prolongar. Con los pulmones hinchados de felicidad y planchando, así sea por unos días, la reciente amargura en el rostro, mostrando un ceño de paz y sosiego que solo puede sentir un alma envuelta en el veneno dulce de este amor eterno. ¡Gracias, rojo de mi corazón! Gracias por hacerme escribir la palabra felicidad.

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ — @MBER226

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