100 MINUTOS DE FELICIDAD

#EscritoConElAlma

América tardó en hacer pie en la cancha. Le costó el inicio del juego y solo después de 15 minutos pudo respirar tranquilo el aire denso de Palmaseca. Los nervios y el anhelo folclórico de ganar el clásico sacudían el corazón angustiado que ignoraba que luego, en unos pocos minutos iba a ser feliz, muy feliz. Bejarano con un par de atajadas; Torres con cierres precisos, Segovia con elegancia, Guevara con firmeza, Sierra con serenidad, Pérez con nervios y Quiñonez con estrella mantuvieron el cero camino del hermoso minuto 47 que llegó como llegan las caricias al alma…

Cabrera, inédito hasta entonces, tocó el balón. ¿Tocó? Lo mimó con su pie derecho que parecía tener un guante. En medio de la mirada de dos de verde el balón pasó sutil y certero reposando en el tobillo derecho de Quiñónez. El zurdo tocó el área, aceleró y lanzó un centro pegadito al césped que uno de verde desvió a la red. ¡Goool! Los rojos se abrazaban en la cancha, a la distancia el pueblo saltaba y pedía otro guaro.  El grito de gol llegó en ondas hasta una hilera de nueves limpias en forma de diablo que ondeaba su trinche. El abuelo besaba a su nieto y le decía – Goool, mijito – ¡Golazooo! El estruendo ensordecedor en la cancha de once corazones y 22 cojones contrastaba con el silencio abrumador de las tribunas, que apenas dejaba percibir el sonido agónico de los zancudos zumbando de tanta decepción. Un gol que gritó con el alma la recua de americanos regados en la tribuna, porque había que estar  ahí, en la mitad de la amargura, para ser más feliz. Un gol que cantó el narrador que tuvo que hacer mil malabares para poder transmitir y gritar así sí, así sí, así sí Améééééééééérica. Un gol para dejar en la historia el zurdazo de Artigas y vivir en adelante con cada toque de esta noche. Hoy no hubo avalancha de camisetas blancas, pero hubo cientos de puños apretados y corazones golpeados gritando en la mitad de Palmaseca. ¡Goooooool, hijueputa! Es para vos. Es para vos. Es para vos.

El rojo aguantó con coraje y oficio. Reforzó sus argumentos. Los jugadores interpretaron de forma impecable un planteamiento brillante que su rival no pudo descifrar. La victoria nunca estuvo en riesgo en la cancha. Se lo digo en serio lejos del apasionamiento habitual. Ni siquiera con el tiempo adicional absurdo el Cali inquietó al rojo. Y cuando lo hizo apareció Bejarano y emergió la figura imponente de Marlon Torres que hoy fue I M P E R I AL.  El viento de Palmaseca que siempre silba malos recuerdos hoy fue la caja musical de una victoria sonora… El juego terminaba. El gol del primer tiempo quedaba sembrado en la tierra fértil del corazón y la hora macabra del pito final hoy fue la hora feliz. El partido terminó y quizás todos agitamos los brazos como Guevara y nos abrazamos como Torres y Segovia. Gracias muchachos, salud.

La noche aplastó la tarde y trajo consigo ese néctar delicioso de ganar un clásico. Ganó América; sonríe el pueblo americano que merecía esta victoria y la ciudad. Porque cuando gana América un clásico hay más gente feliz que triste. Porque los que pierden, los amargados, son poquitos; son una minoría. En cambio los que ganan, son una multitud conmovedora. Porque ser americano y vivir esta camiseta, no es solo sufrir como perros, es pasión, amor eterno y hasta locura. Vivir siendo rojo es sinónimo de felicidad como esta noche que respiramos con los pulmones henchidos de tanto orgullo.  El rojo ganó el clásico 284, el nuestro, el del sábado a las cinco de la tarde; el de los 100 minutos de felicidad.

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ — @MBER226

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