SIEMPRE JUNTO A AMÉRICA

 

Las luciérnagas desplegaban su esplendor en medio de la tormenta de humo rojo que cubría, con sutileza hermosa,  cada rincón de ese pedazo de cielo donde podemos contar el capítulo de nuestra vida llamado América de Cali.  Qué lindo sería una victoria hoy para recordar con honores el abrazo del 27. ¡VAMOS ROJO, VAMOS!

 

La realidad es otra. El nivel del rival subió y nuestra nómina exprimida hasta la última gota que fue la del objetivo cumplido, lucia impotente y superada por el oficio del rival. Apenas un tiro libre de Angulo que casi lame la raya de gol fue el balance ofensivo del rojo. No había espacio y no tenemos quien genere fútbol en mitad de cancha, esa es la verdad, y aunque se lea cruel, así es. En ataque los nalgazos de Borja y los piques desabridos de Olmes apenas servían para matizar un poco la noche.

 

Sin embargo, la gente, incondicional, alentaba y gritaba empujando al equipo con la fusta de su voz. Ellos, los que se bancaron con gallardía la peor de la historia, seguían expectantes a que una sonrisa cayera en la cancha y explotara en la red contraria. El equipo mejoró. No fue gran cosa pero en cada jugada dejaron el mensaje certero de “para ganarnos nos tendrán que matar en la cancha” Las carencias de fútbol se suplieron con güeeeevos, que en muchas ocasiones cuando el talento escasea, es suficiente.

 

Teo y Chara gestaron la mejor de Junior que Bejarano atendió de forma impecable. El tiempo se consumía al ritmo cansino de los minutos cesantes.   No así la ilusión que sigue tan brillante como el primer día. El empate se antoja justo.  Ellos, que son claramente superiores, hoy sonríen por un plan perfecto. Lo que no saben es que tendrán que parir piñas para marcarnos un gol. Pues como dice el célebre escritor tulueño en medio de sus chocheras crónicas: “Quién quita que una chucha mate a un perro” No hay nada dicho y además, quién quita que el profesor Da Silva (Me pongo de pie, es un genio) logre sacar una par de gotas adicionales a esta nomina desnutrida.    

 

La noche termina con una sensación refrescante ajena para esta generación golpeada. Es la primera vez en ocho años, que podemos ver un partido en paz, sin la angustia de sentir el verdugo acechando. Es la primera vez en tanto tiempo que el resultado y el juego no son pasos repetidos a la desgracia y podemos dejar el futbol en la cancha sin llevarlo, entre reproches y lamentos, a la almohada y de allí al insomnio. Es una noche para brindar con el rostro lacerado pero altivo porque siempre estuvimos ahí. Siempre junto a América. Siempre.

 

PS: Hoy 27 de noviembre siempre será un buen momento para decir “Gracias Hernán Torres”. Nada de lo malo borrara el abrazo de las cinco de la tarde del año anterior. Gracias.

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

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