¡PRESENTE!, CARAJO.

 

El primer tiempo se fue dejando una ligera sensación de ansiedad. Parecía que el rojo era superior pero no lo suficiente para anotar y destrabar esa impaciencia enquistada. A esperar quince minutos y algunos segundos para ver de nuevo al equipo y encontrar en un abrazo esquivo el gol que vinimos a buscar. La tarde empezaba a apagarse.

 

El equipo que lució sobrio dejó los recaudos y aceleró un poco. Entendiendo que podía ganar y que como tal, era un imperativo. Angulo llegó al límite de la cancha y sacó rastrillando el césped con su pierna derecha, un centro que se elevó hasta la cabeza de Fernández… Increíble. Su rostro, el de un goleador, describía la solemnidad del momento. Se lo comió.

 

Sin embargo, este equipo que pretende ser un hervidero de alegrías para un pueblo delirante, encontró una jugada de esas que hacen posible la vida de un escritor. Desde la esquina Botinelli templó al área lo que parecía ser un centro. El portero rechazó. Arboleda, el mismo que tanta crítica se ha comido, sin dejarla caer como en un cuento de Fontanarrosa, impactó el balón que raudo y sin explicación posible se estrelló en la base del palo. — UFF –Siguiendo un libreto divino, créame no hay otra tesis, el balón reposó manso sobre el pie derecho de Botinelli que levantó la mirada y lanzó al área lo que parecía ser un centro, pero que resultó ser un hechizo que Fernández desvió con mucho oficio y una ligera caricia, allá, a la red pequeña, donde aún reposa esa pelota que no ha parado de girar. – Pero qué gol por Dios – ¡Golazo! Qué gran gol marcó América.

 

El gol fue una inyección de vitalidad.  Los nuestros fueron incansables en cada pelota dividida. Aquellos que parecían agotados lucían enteros.  El banco se movió.  La pirotecnia que brotaba de la tribuna en pequeñas ráfagas de color encendía tímidamente la noche que caía sin querer sobre las montañas de Antioquia.  Lizarazo, se echó el equipo a sus hombros. Manejó el tiempo de cada jugada propia y ajena.  Pidió el balón, lo entregó y lo volvió a pedir. La victoria justa era inminente y no resiste ningún reproche ni atenuante.  Este equipo que es la vida misma hoy levanta el brazo diciendo “¡Presente!, carajo” Acá esta América de Cali.  El único pentacampeón de este país. ¡Ganamos!  

 

De todas las razones que hay para ser feliz siempre elijo, y seguramente le ocurre a usted también,  la más compleja pero la más bella de todas.  Elijo esperar, amparado en esta pasión infinita, una victoria que trace en mi rostro un barniz de alegría y una sonrisa sincera, casi perfecta,  como la que acompaña el final de esta reseña. Gracias rojo querido. Gracias América por esta victoria.  Gracias por este inicio de semana tan esperado. Y gracias, de antemano por las alegrías que vendrán    .            

 

Saludos y gracias por leer estas líneas

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

#EscritoConElAlma

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