NO SOLO VINE A ALENTAR

No solo vine a alentar y gritar con el alma “Dale rojo dale”.  También estoy aquí para recoger los restos de aquel moribundo empapado hasta los huesos, que el sábado del robo inmisericorde quedó sepultado en algún lugar de occidental, cuando Níver Arango pateó la segunda sentencia de una condena que durante un lustro pareció perpetua.

 

No solo vine a alentar y gritar “Rojo de mi vida no me falles”. Asimismo, vine a ver un equipo sin alma que no encuentra el balón y se sacude en una impotencia que rima a la perfección con el silbido sentido que sale de una tribuna golpeada. Vine a ver a Martínez Borja regresar de la patada del troglodita Mera y meter lo que sus compañeros extraviaron en algún lugar de la ruta Cali – Barranquilla, y jugar lo que al parecer se les olvidó.  Luego, recibió un balón que parecía rendido a su pie derecho y tras un movimiento perfecto, preciso, divino, un giro como de caja musical, pateó de zurda el balón con el perfume celestial que solo sale de sus pies y lo puso en la red, en el ángulo y con esmero en el corazón de cada americano feliz. ¡Golazo por Dios!

 

No solo vine a alentar y buscar la paz extraviada desde Equidad, Montería y Pasto. Vine a ver un tiro de bayoneta que salió de la cabeza de Vélez y finalizó en la red. Lamentablemente la alegría de un 2-0 más largo que el merecimiento, fue efímera pues 120 segundos después un gol infame del rival dejó todo en la honda angustia que hoy supone ver jugar a América.

 

No solo vine a alentar. Vine a ver un segundo tiempo pálido y a mi equipo languidecer con el paso de los minutos que se rehusaban a llegar a la cima de los 90.  Y a su entrenador respetando el postulado tan atroz como sincero que lanzó en Montería después de semejante botín. El juego terminó con el acostumbrado barniz de zozobra. Petrolera acechando y el rojo aguantando. Por fortuna el alma del equipo estaba en cancha y sin más respaldo que la mirada fascinada de sus compañeros, con sus extremidades, esternón y espinazo, Martínez Borja aguantó los últimos minutos para saltar y gritar que volvimos a ganar.

 

No solo vine a alentar y ejercer mi derecho a ser feliz.  También lo hice para explicarle a esta alma vagabunda llena de temores y espantos, que este amor siempre será más fuerte y por más que me sugiera desgracias anunciadas y me susurre que falle y no vuelva, nunca le fallaré a esta razón de vivir llamada América de Cali. ¡Vamos América!

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

 

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