¡NO JODAN MÁS!

Huila 2 –  AMÉRICA 0

Bueno, acá estamos de nuevo frente a este teclado testigo de tanto angustia y tan poca alegría, con la sangre hirviendo y sintiendo un dolor familiar. Aquel producido por la desidia de quienes visten con menosprecio la camiseta que es parte de la vida misma. Era el Huila – Por Dios -. Quizás el más discreto de los 20. Un partido para ganar y fortalecer la idea, a veces utópica, de alejarse del sótano donde se escucha el eco atronador de los guardas de la ‘B’. Era el Huila, no había excusa.

El rojo, introvertido, y sometido por su pereza casi indigente deambuló por las ruinas del viejo Plazas Alcid. La incapacidad era contundente y la pobreza escandalosa. Nadie pedía el balón, se alejaban del compromiso. Hubo jugadores que apenas se encontraron cuando iban al camerino después de 45 minutos infames de jugar pelota. – Así es muy fregado mi hermano –

Quisiera pensar que esto es apenas un mal momento y no un camino lleno de enseñanzas sin aprender. Que pronto vendrá la rebeldía de una plantilla comprometida con un pueblo incansable en eso de regar aliento. La verdad es otra. Balón al área donde casi siempre perdemos por arriba. El delantero bajó el balón, tuvo tiempo incluso para ver como su ingenuo marcador caía al suelo y de un puntazo aterrizó esa fantasía de pensamientos positivos de todo, todo va a cambiar. Gol de Huila.

¿Y la reacción? No hubo tal. Por momentos, preso de una angustia desafiante y angustiado al filo de la histeria por la indolencia en la cancha, vi correr de lado a lado al Cocho Patiño, Alex del Castillo, Fabián Morales, Pablo Melo, los Fernando Cárdenas y Cabezas, Jhon Lozano, Diego Restrepo, Leibyn Balanta, Jaime Córdoba… NOS VAMOS PARA LA ‘B’ Qué escalofrío. ¡Vamos hijueputas, no jodan más! Hay que poner fútbol y güeeeevos. Déjense de joder. – Corran – por Dios, corran, metan, jueguen. Ni siquiera el penal atajado por Bejarano logró llenar de emoción la tarde incipiente, tal vez porque el destino ya estaba escrito en el diario de la vergüenza. Minutos después, como una lanza acerada atravesando cualquier órgano vital, el segundo del rival cayó sentenciando la desgraciada y dolorosa realidad que nos persigue con una sombra siniestra. Fin del partido.

El mensaje del entrenador parece no está llegando. La incapacidad de los jugadores es aterradora que dibujan un América andrajoso, de esos que causan dolor en el alma. Algo se rompió entre sábanas perjudicando a los hinchas que vemos como cada partido se esfuma la ilusión de la tranquilidad perdida hace diez años cuando el promedio, de impecable blanco, tocó nuestra puerta para mortificar desde entonces cada fin de semana. ¿Y nosotros? ¿Quién piensa en nuestro sufrimiento? Ni los guerreros de papel, ni quienes se fueron a la guerra con ellos. ¡Hagan algo! Tomen decisiones. Empeñen el alma si es necesario. Sumen puntos, suden con honor cada pliegue de esta camiseta hermosa, ganen partidos, templen los güeeeevos porque en el sótano, donde estamos desde que volvimos, solo se escucha el lamento de los que nos añoran en las cloacas de la ‘B’. Allá nos quieren y esperan vernos pronto, y ustedes, miserables, mientras ellos se frotan las manos, le coquetean a la desgracia con partidos como el de hoy o el de Bogotá.


¡No jodan más!

Saludos y gracias por leer estas líneas

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

#EscritoConElAlma

LA SACAMOS BARATA

Los primeros minutos plasmaron un equipo que miró de frente al local y parecía le iba a jugar de igual a igual.  Lamentablemente fue solo una pequeña alucinación pues Millonarios, que hoy ejerció de grande, le quitó el balón al rojo y jamás se lo devolvió.  Entonces, una marea azul emergió del húmedo césped… los rivales se multiplicaron, marcaban de tres o cuatro a cualquier indefenso e inocente jugador de rojo.

Llegó el primero. Un gol que sacudió nuestra realidad y nos puso en el sitio que aparentemente debemos estar. El Campín se estremeció, la gente alborozada saboreaba un gol especial, mientras  los rojos, pasmados, abrazábamos la soledad envuelta en decepción.  Millos siguió y el rojo empezó a arrugar. Ganaron todas las pelotas, todos los duelos, y hasta el escupitajo más largo salía de un jugador local. Luego el segundo, que fue una sarta de errores y la noche tétrica que muchos azules nos prometieron, parecía no iba a tener reversa.  Sobre la media hora, a cuenta gotas, y de la nada, el rojo se sacudió un poco de la monarquía que vivía y apostó por el ataque. Dos opciones el resultado de aquella cruzada que murió cuando miserablemente Brayan Angulo desperdició la oportunidad de volver al juego.

La sacamos barata.

El rojo inició la segunda parte con ganas de revertir la adversidad. O al menos, eso quise ver y creer preso de una angustia desafiante. Un par de minutos aceptables y de nuevo arrinconados, atrincherados por el ímpetu del rival.  No sabría cómo definir la actitud de algunos en la cancha. Era una mezcla extraña de pereza, indolencia y agüevamiento que personificaron a la perfección Juan Camilo Angulo, Lucumí y Vásquez respectivamente, cuando en medio de ellos, y con absoluta libertad, el lateral izquierdo de ellos asistió a Quiñónez, quien dentro del área tuvo tiempo de pensar y elegir la mejor de tres opciones: zapatazo y gol.

El juego ya tenía ritmo de paliza.  Cuando se les diera la gana nos marcaban el cuatro, el quinto y tal vez más. Luego vinieron los cambios que se antojan  improductivos, de un entrenador que se cansó de pedir, lanzando gritos al cielo, un poquito de juego.  El tiempo y la pésima definición de Millonarios se empeñaban en mantener la tortura.  30 minutos eternos y angustiantes,  que pasaron como cinco años de penas y dolor. Terminamos defendiendo lo que pudo ser una desgracia sin precedentes. La sacamos barata.

¡Así no! ¡Así no, América, no jodás!

El equipo fue inferior a la responsabilidad y expectativa de enfrentar un juego esperado con ansías. Me cuesta recordar un baile como el de hoy.  Qué presentación lamentable.  Hace rato no me tragaba un paseo como este.  Un gran rival desnudó las falencias protuberantes de un equipo livianito, escaso de jugadores y actitud.  Es cierto que esto no es de nombres sino de hombres como nos lo han vendido. Pero, dónde carajos están los hombres.  En que galaxia paralela Mena, Monsalvo  o Silva son solución. En qué extraña nebulosa Brayan Angulo se puede echar a cuestas 90 años de historia y tradición. ¡Dónde están los hombres! Nada, no vinieron. Y los que vinieron, arrugaron.  Qué vaina mi hermano; la sacamos barata.

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MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

AGAZAPADOS.

El día llegó y consigo el morbo y la ansiedad propia de un partido esperado.  Las calles de San Fernando desde temprano recibieron caudales de americanos de una buena cepa llegados de todas las esquinas de Cali, del Valle y toda Colombia, que con el paso de las horas se hacían ríos de gente desembocando en el Pascual Guerrero; ese hervidero humano donde lo único que se respira es la esencia  de una auténtica pasión.

El partido se abría paso entre los últimos hilos de humo y el eco de los estruendos que adornaron la salida del equipo. ¡VAAAMOS! La idea que rondó en mi cabeza las últimas horas se esfumó con el primer toque de balón. –¡Qué empate ni que coños, vamos a ganar! –.  El rival tomó el balón y con frialdad aterradora dispuso de él. De memoria tocaba aquí, allá y luego a Henríquez. Repetían ese ciclo, literal, las veces que les daba la gana.  Los nuestros, agazapados, esperaban la oportunidad, el pestañeo de una defensa que rara vez lo hace. El juego que pintaba para partidazo, se diluía entre el toque constante del verde y la expectativa desconcertante del rojo.

Y así, con ese sonsonete aburridor, se fue el primer tiempo junto a los quince de receso que apenas dieron espacio para medio aspirar un cigarro y entre rezongos reclamar que – No estamos jugando a nada – Apenas un par de tiritos al arco de Armani.

El segundo tiempo abrió con otro fuera de lugar de Mena y con el rival tocando un poco más lejos de su arco.  El rojo, sin perder la cordura, seguía agazapado esperado el momento del zarpazo. El marco espectacular de una tribuna que relataba su ansiedad con cantos que instaban a su divisa a combatir, reñía con el juego plano de su equipo que nunca fue al frente y se limitaba a lo que, como islotes, pudieran hacer aquellos que el entrenador dispuso para atacar.  América excedió el respeto hasta llevarlo a una hipérbole absurda.  Nacional apretó y América controló.

Las bengalas rompieron la monotonía de una jornada que saludaba la noche. Nacional volvió a apretar, esta vez con decisión, con la convicción que el carnaval que la popular promulgaba sería para ellos. Los nervios se crisparon con cada aterrizaje del verde. Por fortuna, allí estaba Hérner, inmenso, rechazando todo, y tras él, Bejarano manteniendo el cero que abrazamos cuando  un cabezazo de Bocanegra perforó toda la defensa y se estrelló con sus manos casi siempre salvadoras… ¡Ay Bejarano de mi vida. Salvaste el punto!

A veces como hincha no entendemos eso que muchos se llenan la boca al pronunciar, táctica. Pero, hombre, un poquito de ambición y rebeldía para ir al frente no vienen mal.  No es posible que pasemos 90 minutos agazapados viendo jugar, esperando que venga un error.  Está bien que enfrentamos al mejor equipo del último tiempo, pero para respetarlo y verlo jugar está la televisión y no el Pascual Guerrero repleto hasta el vomitorio.  Terminé caliente, rabón, porque tal vez por ingenuo, creí que íbamos a vencer al rival que muchos por allí, con la boca más grande que la barriga, promulgaban que íbamos a parar. Al final el equipo terminó como empezó: agazapado lamiendo el punto que vino a buscar mientras veía como la provocativa presa se paseaba oronda y desafiante por su pradera.

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MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

¡HAY QUE SALTAR!

Farías al banco… Un instante sereno de reflexión, que pocas respuestas encontró, acompañó la previa. ¿Por qué?

El equipo, recogiendo la lastimada silueta que dejó regada en la cancha el jueves, salió voraz, como el maestro Jairo Varela lo inmortalizó en fe y alegría. Encima, presionando hasta la sombra de los rivales, forzando los errores y tocando hacia adelante, progresando con cada roce de balón.  Parecían 12 o 13 centellas escarlatas en la cancha contra ocho o nueve camisetas azules, la superioridad era tan evidente, que se podía percibir que el gol llegaría con la primera sacudida en el área.

Lucumí, armado de coraje ganó un saque lateral y arrastró a su marca hasta el banderín. Juan Camilo Angulo sacó de banda, rápido y preciso hacia el control de Brayan Angulo que  centró el balón a una coordenada imaginaria en el área. Allí, Martínez Borja, precioso, extendió su cuerpo dejando en manifiesto su envergadura, impuso su humanidad entre el defensa y el balón, y luego con alguna parte de su pierna, tocó el balón que sutil fue a parar a la bendita red. ¡Gol! ¡Gol!

¡Hay que saltar! ¡Hay que saltar! ¡Hay que saltar!

El gol, que aún retozaba en la piel del americano puro, fue otro empellón, el rojo seguía al frente.  La actitud fue diferente y el paso de los minutos un esplendente trámite que debía ser certificado con un par de goles más.  Lamentablemente la puntería y hasta la ansiedad de sacarse la hiel del jueves, impidieron que el marcador se alargara y reflejara la realidad.  Bejarano hizo un aporte mayúsculo y con una volada, casi inverosímil, mantuvo la victoria.

¡Hay que saltar! ¡Hay que saltar! ¡Hay que saltar!

El segundo tiempo inició su marcha con una clara que Mena, acusando limitación, no pudo definir. ¡Vaaamos! Pasto intentó sacudirse del dominio pero fue inútil. El segundo estaba al dente, la tribuna preparaba, el relator lo ansiaba y el comentarista quería tirar el micrófono para gritar sin reservas el segundo del rojo. Mena, (que bien puede ser ese eslabón llamado “delantero sin gol”), dejó su lugar a Hernández quien dibujó su calidad con una pisadita, toques, media distancia y un remate al palo que acto seguido Martínez Borja repitió. ¿Cómo no entra el segundo?

El juego, a pesar de estar dominado seguía 1-0, abierto, y era inevitable sentir una ansiedad particular. Sería injusto un gol del rival después todo lo visto en cancha. El profe Torres, sacó un hombre de ofensiva y dio paso a otro de marca con la intención pura de cerrar el partido. Hubiera preferido cerrarlo con el balón y buscando el segundo, pero el profe nos ha demostrado hasta la saciedad que no le tiembla el pulso para hacer un cambio como este, defensivo y de local.  El equipo se recostó pero fue eficaz. Solo un par de tiros libres aproximaron al rival.  El juez pitó y la victoria brillaba en el rostro feliz de miles y miles de americanos. ¡Qué bien!

¡Hay que saltar! ¡Hay que saltar! ¡Hay que saltar!

Hay que saltar por la victoria y el placer único de ser rojo. Porque la de hoy fue una jornada para poner a trabajar el olvido y sacar de una vez por todas de la vesícula, donde se instaló como una piedra, la presentación lamentable del jueves. Hay que saltar porque vamos  por más, porque se viene lo mejor y porque el jueves pasado simplemente ya pasó.

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MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

NOS UNTARON EL BALÓN.

Solo un cachito de segundo de ese minuto seis, pudo haber cambiado el color y sabor de una noche que inició en medio de un manantial de optimismo, y que con el paso del tiempo, del toque rival, y la abulia propia, terminó en un manglar de desolación, impotencia y confusión: Iván Vélez centró y Martínez Borja, solo frente al arco, sin oposición, con el grito sagrado a punto de parir en la garganta de los miles que siempre están; cabeceó mal, muy mal, con la coronilla tal vez, y perdió el gol.  ¡Qué vaina! Una jugada cualquiera, una posibilidad de gol de las muchas que se dan en un juego. Qué lejos estábamos de creer que sería la única de toda la noche.

El rojo cayó en la trampa propuesta por el rival, una trampa armada en 40 metros por redes de piernas que sostenían de lado a lado una idea basada en la seguridad, solidaridad y compromiso en cada bola disputada.  Defendieron bien, forzaron a los nuestros a tocar más de la cuenta y a caer en ese futbolito insulso y provocador de posesión sin agresión. Bejarano atajó dos claras y el juez decretó el final de un  primer tiempo para archivar en esa gaveta donde reposan, entre sombras y hedores, muchos otros que tanto dolor causaron.

¡Ay Martínez Borja! Si hubieras cabeceado bien. . . Si hubieras marcado ese gol.

La noche que traía una leve presunción a desgracia, destapó todas sus cartas cuando, presos de una ingenuidad desafiante, tres de los nuestros que defendían, permitieron que el balón rebotara frente a ellos un par de veces, ¡AHÍ NO PUEDES DEJAR REBOTAR EL BALÓN! ¡NO PUEDES!  Lo perdieron y un rival, sobre una alfombra roja, en doble remate anotó.

No hubo rebeldía ni reacción al gol. Les estaban pasando por encima, los estaban haciendo ver como palitroques o conos de entrenamiento. Trotando es muy jodido. El profe Torres, como casi nunca, perdió el guion que tal vez dejó en el traje negro del domingo, y no encontró la forma de sacudirse.  Entonces, le tiró la camiseta al joven Hernández, (– Se arregló esto –, susurró al oído una voz mentirosa y socarrona).  Pero, sacó a Lucumí, ¡Por Dios, qué metida de pata!

Antes del segundo gol, que a decir verdad fue una auténtica belleza, de esas que un escritor desearía describir, Farías tuvo el empate, pero como rara vez pasa; lo falló. Lo demás, los siguientes minutos, y los disparates que luego tomaron lugar, fueron las arandelas que le faltaban a un juego que perdimos en todos los sectores de la cancha desde el minuto 6 hasta el 94. Nos untaron el balón, nos restregaron el Golty euforia en la cara y nos aterrizaron. Perder siempre es malo y más cuando caes arrugado, viéndote tan inferior, que asustas, sin fútbol y con los argumentos y los güeeeevos escondidos en la suela de los zapatos.  Perder siempre es malo, te pueden superar con juego, pero la actitud jamás se negocia, y los nuestros, que tantas veces hemos ponderado por ese intangible; hoy se arrastraron, no fueron a la cancha, nos quedaron debiendo todo.  Qué derrota dolorosa esta. Ganaron, y bien que lo hicieron.

Era un partido fácil, decían algunos.  No aprendemos.

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MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226 

¡ESTO ES AMÉRICA!

Después de dos años mal contados, América regresó al Campín, y un pueblo feliz vestido de rojo hasta la médula también llegó.  Una masa movida por aquella pasión desbocada, una multitud aferrada a un color, un fenómeno social que mil sociólogos quisieran desmenuzar, ocupó cada una de las sillas disponibles para gritar ¡AMÉRICA! ¡AMÉRICA! ¡AMÉRICA!, Respirar un poco y volver a gritar ¡AMÉRICA! ¡AMÉRICA! ¡AMÉRICA!

Sin embargo, la fiesta estridente de la tribuna reñía con la palidez del fútbol en la cancha. El rojo no hallaba el balón, Álvarez jamás supo qué hacer mientras Fabián Vargas se jugaba el partido de su vida.  Fue un primer tiempo soso, sin opciones de gol ni emociones para describir.

El equipo mejoró, y un remate de media distancia de Martínez Borja lo certificó. No fue brillante pero si constante y empezó a labrar el camino correcto.  Presionó a su rival, lo encaró y le quitó el balón arriba. Falta. Tiro libre. Angulo, frente al balón, sacudía sus brazos haciendo una equis en el aire, o tal vez, lanzando una señal para ejecutar alguna movida trabajada en esas jornadas de extenuante trabajo en Cascajal.  Pateó. En el área los rojos se entreveraban con los verdes.  Castañeda frenó un poco, se puso por delante de su marcador mientras el balón caía en su pie con una precisión brutal, lo tocó o quizás lo acarició moviéndolo hacia la red. ¡Golazo! Disfrazado de goleador, salió desenfrenado, saltando, besando la camiseta, gritando.  Ese gol, sus recientes presentaciones y el partido que jugó de ahí en adelante, fueron el premio para él y la paciencia de buey que ha tenido esperando en el frio banco o la tribuna, la oportunidad que ahora resplandece en su horizonte.

La tribuna pletórica de felicidad, saltando, estremeció el pilotaje del Campín haciéndolo temblar, literal. La  fiesta empezaba a ser perfecta porque Castañeda, de nuevo, ahora disfrazado de volante, llegó a la esquina del área rival, frenó, enganchó, tiró un caño, propuso una pared, extendió su cuerpo, levantó la cara, protegió el balón, devolvió la pared (Todo lo anterior con una calidad aterradora). Tocó a Martínez Borja que regó a su rival y dejó el honor del segundo a Lucumí, que evocando Ciénaga y Cartagena, sacó un sablazo rasante hecho gol, que quemó el césped  y luego la red.  Todo era felicidad, 32 mil sonrisas, 16 mil abrazos. No hay un abrazo más sincero y hermoso que uno fuerte después de un gol de América.

El partido casi cerrado, guardaba algo más. Después de dos cierres precisos de Castañeda, uno de Hérner, mil intervenciones corajudas de Mosquera y tres atajadas brillantes de Bejarano, un contra golpe del rojo terminó en un tiro de esquina… Cobro en corto.  Martínez Borja, con un toque apenas comparable con un verso de Neruda, picó la pelota sobre dos rivales, los Angulos hicieron un mini tándem para devolverle el balón y que asistiera a Farías, que con un movimiento perfecto, liquidó su marca, encontró el balón y lo puso lejos, muy lejos del arquero y cerca, muy cerca del corazón de esta hinchada, que terminó coreando su nombre en un estado de plena excitación mientras seguía degustando ese pedazo de gol. ¡Ganamos!

¡Por Dios! Qué hinchada maravillosa. Dónde les cabe tanta pasión. De qué material celestial estaremos hechos.  Podrá leerse como una frase trillada, de esas que han hecho carrera, pero es lo único que podría describir esta pasión infinita, y puede ser simple, porque a veces lo maravilloso es tan simple como decir palmoteando el escudo o agitando una bandera: ¡ESTO ES AMÉRICA!

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MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

HAY NOCHES.

Hay noches que aquello que ves es tan abrumador, tan majestuoso e imponente que es prácticamente imposible ponerlo en palabras. Es un amasijo perfecto de pasión y color, de un infierno angelical, de un pedazo de tierra que, literal, se estremeció cuando el equipo saltó a la cancha en medio de estruendos, destellos, papel brillante, banderas incansables, explosiones y ondas de humo escarlata que danzaban al cielo al ritmo de cantares estridentes y coros salvajes. Hay noches hermosas, como la de hoy.

El partido inició y el aguante infinito volcó su poder con un vibrante “dale dale rooooo” que rimaba perfecto con la majestuosidad de una noche de esas, en las que hasta la luna, envidiosa, se vistió de rojo.   Junior, con oficio, manejó el balón como tratando de bajar las revoluciones que el entorno proponía, mientras que el profe Torres gesticulaba procurando orden en el medio campo donde se extraña la voracidad del que raspa.  A pesar de un inicio parejo y una clara que Viera evitó, en un accidente llamado tiro de esquina, el rival encontraba un gol, uno miserable.

Era inevitable mezclar esa desgracia circunstancial y el trámite mismo, con la lenta y creciente decepción de los dos primeros partidos. ¡Ehh! Amarilla para Bejarano y Vélez en la cornisa de la expulsión. ¡Ehh! El equipo quedó lelo y desorbitado.  Golpeado por un gol infame.

Juan Camilo Angulo, recogió del césped algunos trozos de lamentos caídos de la tribuna y agitando los brazos en alto, arengó a la gente y al equipo mismo a ir al frente.  La reacción fue atrevida. Minutos más tarde, Castañeda, con aires de volante 10, templó un pase a Martínez Borja que de un nalgazo potente  demolió su marca y alargó el balón hacia el 20. Lucumí, con sus piernas ligeramente llenas, trazó un amague allí que salió allá y lanzó un almíbar al punto penal, donde Farías fue agarrado hasta caer como una rama seca… – ¡PEEEEEEEENAL! – La gente saltó como si fuera el gol mismo – ¡PEEEEEENAL! –  Martínez Borja, con el balón bajo su brazo, en el mismo sitio del momento feliz, pero esta vez con seriedad doctoral, cruzó el balón provocando un estallido apenas comparable con la erupción del Krakatoa. ¡Gol, por Dios! ¡Gol, por Dios! ¡Qué hinchada maravillosa! ¡Qué equipo, por Dios! El delirio de la tribuna no encontró fin, pues solo unos minutos después de esa descarga emotiva, vino otra, de Angulo, el volante, a Vélez quien veloz como un deseo, perforó la defensa rival y de un puntazo asistió a Martínez Borja que punteó de nuevo para sellar esta fiesta inmarcesible. ¡Qué golazo!

El primer tiempo terminó. ¡Feliz cumpleaños rojo de mi corazón!

El equipo se recogió desde muy temprano y sumado a la determinación del rival, el peligro era evidente.  El partido no estaba cerrado y había mucho tiempo por delante. Entonces, Torres, incluyó a Mosquera… El bisonte estaba en la cancha, sonreía el medio campo. El equipo se robusteció allí donde lucía frágil, Ayala dejó de sentirse solo y Castañeda y Hérner se contagiaron de una voracidad singular. Y todos los de rojo en la cancha y la tribuna se multiplicaron. Eran millones.   La noche era hermosa pero de nuevo apareció Martínez Borja para hacerla perfecta: El tercero de una noche preciosa, de esas que uno quiere que nunca, nunca terminen. Fin del partido. Este equipo lleno de laboriosos elementos, nos brinda de nuevo la dicha inaplazable de una victoria y con ella empezar a romper las amarras que nos atan al promedio.  Ganamos y muy bien lo hicimos.

Hay noches lindas e inolvidables que atesoraras junto a esos recuerdos que en algún instante de soledad te arrancan una sonrisa o un gesto de eterna satisfacción.  Hay noches que se graban en el lugar más arisco de tu emotividad y buscan un espacio para acariciar de repente tus sentidos  Hay noches cuyas imágenes ves y recreas a cada instante. Hay noches hermosas, mágicas y perfectas, como la de hoy. Gracias América de Cali por existir.

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ — @MBER226 

#EscritoConElAlma 

ROJO, ¡AQUÍ ESTAMOS!

Aquí estamos, en el sitio que el corazón eligió para sellar esta alianza y ser feliz. Orgullosos, con el rostro joven, sin las arrugas tejidas por un pasado aciago, el alma fresca y los recuerdos intactos de esa noche roja que curó todos los males.

Aquí estamos, aguantando el sol canicular que adornó la previa, para ver a Farías y Martínez Borja tocar el balón de vuelta en primera división, y sentir junto a la brisa fresca, el toque de satisfacción que brota de una tarde infinitamente bella.  Para escuchar el estruendo de pólvora en la garganta añeja una hinchada ferviente.  Alentando, buscando en la tribuna la claridad ausente en el medio campo.  Implorando al equipo un remate al arco o un desborde que rompiera la monotonía que suponía el toque de balón, por momentos intrascendente.

El primer tiempo rayó con el bostezo, se hizo largo y difícil de llevar. Pero qué carajos importa si estamos en primera. ¡Vamos!

Aquí estamos, de vuelta, alentando al rojo que cambió en el entretiempo y fue al frente, por el partido, decidido, convencido.  Gestó las opciones, fue generoso y peligroso pero sin puntería. Álvarez dejó la nevera en el banco y saltó a la cancha liderando una arremetida enérgica que por poco finaliza en la red. Martínez Borja recibió en el punto penal e inexplicablemente su remate terminó en la valla publicitaria, y, acto seguido, Álvarez  rasgó su humanidad con un zurdazo que el arquero salpicó con su guante y desvió hacia el palo, silenciando el grito y evitando un abrazo colectivo.

La noche sedujo a la tarde, el partido termino y el gol no llegó.

Aquí estamos, los fieles, los de siempre y los que vendrán, cantando “Esta campaña volveremos a estar contigo” para forjar en este camino que hoy inicia, juntos, de la mano, América; otra fecha memorable para ser grabada en las efemérides del alma.

Rojo, aquí estamos, y estaremos, siempre.

 

Saludos y gracias por leer estas líneas

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226 

#EscritoConElAlma

UN SIETE DE NOVIEMBRE. . .

La noche alumbrada por una tribuna rebosante de rojo despuntó en fiesta infinita: Trapos de diferentes calibres desplegaban su majestuosidad. Potentes bengalas escarlatas encendían los rincones donde otrora solo retoñaba angustia. Los rollos que valientes se colaron, cayeron como un reflejo mágico de los destellos de luz que llevaron la noche al esplendor sublime.  Y en el cielo, los estruendos incesantes en cadencia perfecta golpeaban la noche abriendo las puertas de este divino infierno. ¡Qué es esto que veo por dios!

La ansiedad que trajo un día en el que no dejé de pensar en América ni un instante, quedó atrás cuando Arzuaga tocó el balón y el rojo, vehemente, feroz, empujado por 38 mil caballos de pasión se tiró encima de su rival con la fina convicción de hacer historia.

Otra vez, encarnando una sana costumbre, el equipo fue ambicioso desde el inicio. Procuró el balón y los espacios arrimando a cuenta gotas el gol al arco de Buenaños. Entonces, de izquierda, en oriental con sur, en esa esa esquina donde se trenzan pasiones, como un suspiro,  un toque de balón, o de talón tal vez, fue señalado por el árbitro como penal, que acto seguido Martínez Borja acompañó con firmeza a la red.  El rugido fue ensordecedor, inigualable y fascinante.   El gol retumbaba en todas las esquinas y resonaba en cada corazón hinchado de pasión.

¡Qué emoción gigante¡ Vamos por más, vamos a golear.

La noche que rayaba la exquisitez, tuvo, como no, el infaltable instante de tensión: El juez señaló otro penal. Arzuaga pateó. Bejarano no lo vio. Gol de Cartagena. El equipo sintió el golpe, la ansiedad surgió y encontró lugar en los jugadores.  Todos querían definir, los caminos se empezaron a errar y la claridad desapareció. Ni el remate de Brayan Angulo al palo destrabó la densa madeja que se tejió en la cancha.  Entonces, por derecha, en occidental con sur, en esa intersección donde se tejen pasiones, Angulo templó un pase al punto penal  que Farías defendió como la vida misma hasta caer. Lucumí recogió el fruto de la lucha y cayéndose deslizó a la red otro rugido infernal. El estadio se levantó, se meció, literal, y en un abrazo fraterno se entregó a la devoción del gol que devolvió la sonrisa desplazada por la ansiedad.

¡Qué gol quirúrgico! Fin del primer tiempo.

El partido se disfrazó de final, y el rojo lo asumió como tal. Hernán Torres amarró el resultado y con peones como alfiles puso en jaque a un desorbitado Cartagena que estuvo al filo de la cornisa cada vez que el rojo se desprendía en contra.  El profe Torres, sacó a Martínez Borja reforzando su defensa con Pérez y como un marinero audaz le tiro al partido un nudo mariposa que impidió cualquier intento rival. Minuto 38. Minuto 39. Minuto 40. Minuto 41. Minuto 42. El Pascual se sacudió como en épocas de antaño y el celestial “Y dale, y dale, y dale rojo dale” que acompañó gestas ochenteras, brotó espontáneo de las gargantas agotadas.  Minuto 45. Minuto 46. Minuto 47. En la tribuna bamboleante no había lugar para malos pensamientos. Minuto 48. Minuto 49. Balón al cielo. Fin del partido. ¡Ganamos!

Un día más que tachamos de este almanaque absurdo que vivimos. El calendario avanza firme hacia la noche perfecta que he prefigurado tantas veces en noches de insomnio. Qué cerca estamos de culminar este viaje paradójico que el destino nos puso como prueba y al cual le restan tres estaciones… A veces me pido mesura, en la intimidad me susurro que debo ser cauto y mesurado con las palabras, pero me respondo – A la mierda la prudencia – ¡VAMOS A ASCENDER!

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ – @MBER226