UN GUARO, POR FAVOR.

El sosiego que brindaba una noche espesa de pocas emociones pero mucho control, se fue al piso con dos remates peligrosos de Carrascal que provocaron un feo punzón en el pecho.  El rojo que fingía controlar el juego, ignoró ese paréntesis casi majadero y volvió a la carga, encima de su rival como en la alborada del juego.

 

Lizarazo lanzó un tiro de esquina que el equipo logró a punta de esmero y dedicación.  La defensa rival lo evacuó y Angulo lo regresó al balcón del área donde Arboleda saltó cuan largo es para sostenerse por un instante mágico abrazado por la brisa de San Fernando. Fue un salto imponente dedicado a los incrédulos y parlanchines. Tocó el balón con la cabeza envuelta en el pelambre para luego dibujar con un bote en el área una asistencia primaveral que Fernández repleto de convicción, lanzó a la red provocando un estridente grito de gol que aún resuena en sur. 

 

La noche no volvió a ser la misma.  El rojo encontró el camino tras el gol del paraguayo, la excesiva precisión de Botinelli y el fútbol eficiente de Arboleda y Vásquez. ¡Qué bien América! Y al cabo de diez minutos, cuando el gol aun retumbaba en el miocardio, y la sonrisa infinita se prolongaba, el equipo selló un instante mágico con otro boceto de perfección. El lateral invertido tocó. El zurdo de creación pasó. El argentino indicó el camino que Arboleda interpretó con un pase exquisito que el otro lateral disfrazado de puntero recibió y acomodó a su pie derecho. (Hasta ahí ya era un jugada de colección) Angulo, lanzó un centro rasante que engañó a su marcador y que Fernández anticipó para desviarlo a la red donde quedó envuelto en una sábana con letras doradas que dicen “Golazo”.  Qué belleza, por Dios.

 

Había que saltar. Había que gritar ¡Queso! ¡Queso! Había que abrazar a otro americano. Había que gritar ¡Rojo! ¡Rojo!  Había que mirar al cielo y grabar en la memoria ese instante. Había que aplaudir y agitar el tórax gritando ¡Vaaaaaamos América!

 

El equipo refugiado en las órdenes de su entrenador entregó el balón y la iniciativa al rival pero conservó el control y la ventaja.  – ¡Ehhh! – Más de la cuenta para mi gusto. El segundo tiempo fue un amasijo denso.  García, Angulo y Bernal llegaron de la banca que solía ser un desierto desolador y ahora es un manantial de soluciones.  El equipo se sacudía un poco y sobre el final impuso de nuevo condiciones sobre un moribundo rival.  Angulo, al límite del área rival filtró un pelota como rara vez lo hizo en sus tiempos de titular… García la persiguió y sacó un sablazo que se acomodó con precisión y violencia en el espacio donde cualquier remate deja de serlo para reclamar derechos de golazo. Qué zapatazo, por Dios. Después de semejante gol y de una presentación como esta, lo único que le faltaba a este pedazo de noche para ser perfecta era un guaro.   

 

Un guaro por favor que ganamos. – Salud –

 

La noche que inició temprano empieza a dejar su estela al amanecer. Y en medio de ella, como noctámbulos felices, estamos los americanos regados por el país delirando por la victoria y la tranquilidad de saber que hay con que salir de la vuelta incomoda y pelear  una vuelta más.  Un guaro por favor que acompañe este instante feliz entre hermanos de camiseta y pasión. Un guaro para hablar y hablar de América mientras recordamos con una gesto de satisfacción los tres derechazos que sentenciaron la felicidad de un sábado joven de julio. Salud.            

 

Saludos y gracias por leer estas líneas

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

#EscritoConElAlma

¡PRESENTE!, CARAJO.

 

El primer tiempo se fue dejando una ligera sensación de ansiedad. Parecía que el rojo era superior pero no lo suficiente para anotar y destrabar esa impaciencia enquistada. A esperar quince minutos y algunos segundos para ver de nuevo al equipo y encontrar en un abrazo esquivo el gol que vinimos a buscar. La tarde empezaba a apagarse.

 

El equipo que lució sobrio dejó los recaudos y aceleró un poco. Entendiendo que podía ganar y que como tal, era un imperativo. Angulo llegó al límite de la cancha y sacó rastrillando el césped con su pierna derecha, un centro que se elevó hasta la cabeza de Fernández… Increíble. Su rostro, el de un goleador, describía la solemnidad del momento. Se lo comió.

 

Sin embargo, este equipo que pretende ser un hervidero de alegrías para un pueblo delirante, encontró una jugada de esas que hacen posible la vida de un escritor. Desde la esquina Botinelli templó al área lo que parecía ser un centro. El portero rechazó. Arboleda, el mismo que tanta crítica se ha comido, sin dejarla caer como en un cuento de Fontanarrosa, impactó el balón que raudo y sin explicación posible se estrelló en la base del palo. — UFF –Siguiendo un libreto divino, créame no hay otra tesis, el balón reposó manso sobre el pie derecho de Botinelli que levantó la mirada y lanzó al área lo que parecía ser un centro, pero que resultó ser un hechizo que Fernández desvió con mucho oficio y una ligera caricia, allá, a la red pequeña, donde aún reposa esa pelota que no ha parado de girar. – Pero qué gol por Dios – ¡Golazo! Qué gran gol marcó América.

 

El gol fue una inyección de vitalidad.  Los nuestros fueron incansables en cada pelota dividida. Aquellos que parecían agotados lucían enteros.  El banco se movió.  La pirotecnia que brotaba de la tribuna en pequeñas ráfagas de color encendía tímidamente la noche que caía sin querer sobre las montañas de Antioquia.  Lizarazo, se echó el equipo a sus hombros. Manejó el tiempo de cada jugada propia y ajena.  Pidió el balón, lo entregó y lo volvió a pedir. La victoria justa era inminente y no resiste ningún reproche ni atenuante.  Este equipo que es la vida misma hoy levanta el brazo diciendo “¡Presente!, carajo” Acá esta América de Cali.  El único pentacampeón de este país. ¡Ganamos!  

 

De todas las razones que hay para ser feliz siempre elijo, y seguramente le ocurre a usted también,  la más compleja pero la más bella de todas.  Elijo esperar, amparado en esta pasión infinita, una victoria que trace en mi rostro un barniz de alegría y una sonrisa sincera, casi perfecta,  como la que acompaña el final de esta reseña. Gracias rojo querido. Gracias América por esta victoria.  Gracias por este inicio de semana tan esperado. Y gracias, de antemano por las alegrías que vendrán    .            

 

Saludos y gracias por leer estas líneas

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

#EscritoConElAlma

DAVID, SIEMPRE DAVID.

Estas letras debieron quedar plasmadas hace doce años cuando el corazón afligido decía adiós a una estrella. Cuando de nuevo la camiseta número 8 quedaba huérfana y el talento buscaba nuevos retos y aventuras.  Estas letras pretenciosas debieron expresarle en aquel instante todo el cariño que le tenemos a aquel de 1.65 que entregó todo vestido de rojo.

 

Recuerdo aquel gol primoroso contra Huila. El baile al Chicho Serna que lo hizo considerar su retiro.  La gambeta larga que Cambindo se quedó sin descifrar y el caño a Bélmer Aguilar en Bogotá. O la noche que cinco jugadores de Peñarol presos de una impotencia abismal lo molieron a zapato, literal, en 45 minutos le hicieron 14 faltas.  – Era la única forma de detenerlo – Confesó Cedrés.

 

Partió pero dijo que volvería y durante una década, mientras a esta parroquia en ruinas llegaban las noticias de sus gestas en Brasil, Arabia y Estados Unidos, anhelábamos su regreso así solo pensarlo fuera una utopía. Sin embargo la esperanza de verlo de rojo nunca se apagó como si lo hizo el equipo que cayó en la peor desgracia.

 

¡Volvió! Aunque la verdad, nunca se fue.

 

Con su vida resuelta y el amor por un terruño donde forjó el talento que lo llevó a recorrer el mundo, regreso por la camiseta del tricampeonato que defendió con cada centímetro de su humanidad.  El momento, el tiempo de Dios del que hablan los creyentes había llegado. El gran David estaba de vuelta.  – Díganme cuanto me pueden pagar –  Firmó. Llegó a Cascajal. Pidió su camiseta y se entrenó con la misma energía de aquel muchacho desgarbado que llegó de Cartagena con el nuevo milenio.

 

En mayo de 2016 encontró de nuevo el gol con su camiseta: (…) Allí, sobre el punto de las emociones, David estiró su corta pierna izquierda, con ella recogió la canica y la desplazó sutil y hermosa hacia la derecha, y cayéndose, como en aquel gol frente al Huila, cambió un par de toques por el grito que necesitaba.  ¡GOOOOOL! Orgulloso, golpeando con sus dos puños la brisa irreverente de la noche, descansó, acarició el sonido estridente de un gol suyo; sintió de nuevo el gol con la 8 del rojo.

 

Le costó el regreso pero fue vital tras bambalinas en la campaña del ascenso.  Poco jugó pero su liderazgo alumbró el sombrío camino de vuelta a primera. No quedó en las fotos de la tarde del 27 pero en los negativos de ese álbum majestuoso su figura fue vital.  Volvió para ser campeón, una sana costumbre para él. David, siempre David. Hoy que se marcha de forma definitiva, el corazón un poco más maduro y visiblemente más golpeado siente una aflicción similar al primer adiós. Pero esta vez con una nostalgia mayúscula pues sabe que no habrá otro regreso. Esta vez la despedida es más sentida porque el número ocho no volverá a reposar sobre la espalda del gran David. Hasta siempre Ferreira. Y será hasta siempre porque los ídolos viven en el recuerdo entrañable de su gente y este pueblo que disfrutó todo el néctar de su fútbol jamás lo olvidará, porque siempre será David. ¡Gracias infinitas!

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ — @MBER226

 

#EscritoConElAlma

GRACIAS TECLA

Llegó en silencio. Sin las pretensiones que muchas veces preceden al fracaso. Poco corría. Poco hablaba. El eco estremecedor de los goles que falló en Avellanada y los que nunca marcó en Danubio y Cruzeiro más el lamentable América de Velasco, afianzaban la idea que nada pasaría con él. El rojo seguía sumido en las cloacas infinitas de la ‘B’.

 

Los goles llegaron al tiempo con los güeeeevos que parecían brotar de un manantial infinito de pundonor.  Pero no solo fueron los goles lo que cautivó al incrédulo hincha americano cansado de tanto mercenario sin sangre en la cara. El carácter, la entrega durante 96 minutos, la valentía, el amor por una camiseta que no tenía por qué sentir pero que siempre defendió con fiereza.

 

Se hizo capitán de un barco al filo del naufragio.  Siempre puso el pecho y nunca “tribuneó”.  Cada aplauso, cada abrazo, cada agradecimiento se lo ganó sin la necedad de la lengua o del beso al escudo. Se abrió un espacio antes de cada juego ¡TECLA! – ¡TECLA! – ¡TECLA! – ¡TECLA!  Y como una bestia divina caída del olimpo respondía en la cancha. Nunca arrugó. Tal vez porque ellos, los de ese linaje no saben conjugar ese verbo.

 

Su puño en alto, su rostro satisfecho. El gol dibujado en su sonrisa.  Su voz pausada, su cabello a medio hacer.  La banda de capitán. El número 9 en su espalda.  Su camiseta transparente de tanto sudor, la modestia del jugador consagrado. El gol, los güeeeevos, la lesión. El objetivo por cumplir.

 

“En Cartagena, cuando deshojábamos calendarios en busca del 27, marcó un gol que desvió el oleaje de la boquilla”

 

Aquella tarde de domingo cuando la metáfora de la caldera del diablo se hizo realidad, ese argentino verraco al que alguna vez por el fragor desdichado de la ‘B’ lo llamé ex jugador y mil veces le he pedido perdón, ese macho que pelea cada pelota como el alma del barrio, bajó el balón con una categoría exclusiva, lo durmió en su pecho y en un segundo que fue una eternidad, la pelota reposó sobre su guayo izquierdo convertido en una joya de museo, y cayéndose tocó el balón que atendiendo una orden divina, estrelló su redondez con la red, la infló, literal… Goool. Gool. ¡Gooool! (…)

 

Se va el hombre que desempolvó y escribió un capitulo épico en aquel viejo libro donde reposan gestas de grandes hombres vestidos de rojo.  Se va con su recuerdo perenne en el corazón de esta hinchada que se resiste a la noticia.  Se va como el hombre que llegó en el peor momento de nuestra historia para acabar con el dolor. Se va Ernesto Farías, el Tecla.  Parte con un lugar en la historia de este club que nadie ni ninguna decisión o capricho pueden borrar.

 

Muchas gracias por todo. Por enseñarnos que la gloria vale más que el dinero.

 

#GraciasTecla

 

Saludos y gracias por leer estas líneas

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

MEJOR ASÍ

Era inevitable sentir una leve brizna de frustración después de los primeros siete minutos. El rojo no arrolló a su rival como lo hizo con los dos anteriores y la idea de otro gol tempranero se diluía a la luz de un toque intrascendente. Sin embargo, la certidumbre latente que este juego sería trámite estaba en cada corazón escarlata expectante del momento que el equipo lanzara su borrasca ofensiva. No fue así. Las malas entregas y una excesiva apropiación del rol de visitante, marearon un poco aquella certeza de liquidar pronto este asunto y colgarnos con tranquilidad del lote de punta e ir soltando el promedio.

Después de 30 minutos difíciles de digerir, Martínez Borja recibió a borde de área un balón aislado que hizo peligroso cuando recibió la patada clásica que sentenciaba tiro libre. Juan Camilo Angulo frotaba sus manos, el hincha acariciaba un presentimiento y el aroma de gol desplazaba aquel tufillo de frustración de la primera media hora.  Juan Camilo, con los mismos pasos cortos del miércoles y el cuerpo ligeramente arqueado en señal de perfección, expulsó de su pie derecho, convertido por estos días en instrumento mágico, una línea curva al arco rival que pronto estrellaría la red. ¡Goooooo…! ¿Quéééé´? – Palo – ¡No!

El balón fue devuelto por el palo.  Dio un bote en el deteriorado verde y saltó por obra divina al pie derecho de Martínez Borja que casi desbaratándose lo rozó y mandó suavemente al fondo de la red. Gol. Gol. Un gol de una importancia infinita. El goleador cumpliendo de nuevo. ¡No te vayas nunca negro hermoso!

Sin duda vendrían más goles. El juego entraba en el terreno de la comodidad.  El rival con su pobreza ofensiva manifiesta tendría que atacar y los espacios vendrían a borbotones para los nuestros. Lamentablemente no hubo tal.  El equipo lucía relajado. Conforme. Las malas entregas pulularon y se nos pasó el tiempo esperando que el rojo volviera a atacar.  El profe Torres recostó el equipo, exageró las precauciones. Él es así, no se pone colorado si cree que lo tiene que hacer así vaya en contra del mundo entero.   A pesar de la cautela innecesaria, el rival tuvo la mejor opción de acabar con todo cuando su delantero a un paso de la raya de gol, con ventaja sobre su marca y Bejarano vencido, recibía el balón. El empate era inminente… Se nos tiraron la fiesta… De repente y a centímetros de impactar, una pierna milagrosa, salvadora y precisa atravesó ese espacio entre la red y la cabeza del delantero impactando el balón y lanzándolo lejos, lejos del peligro y del empate. Castañeda conservó la victoria con un rechazo que vale tres puntos y mil sonrisas, literal. ¡Ganamos! ¡Ganamos, carajo! Había que ganar y el equipo lo logró.

No fue un gran partido, no sobró nada, pero es mejor así para estar aterrizados y no creernos el cuento todavía  Mejor creer que el partido malo de esta vorágine de abril era este y ya pasó.  Mejor así, con el arsenal  listo para el jueves.  Mejor así, para corregir con esmero y sin soberbia.   Es mejor así cuando tu equipo te abraza con una victoria para iniciar una semana tranquila alejada del muladar de las burlas y el promedio. Es mejor así cuando ganas en serie y empiezas a ver los objetivos trazados con la fascinación de un hermoso amanecer. ¡Vamos América!

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMUDEZ / @MBER226


#EscritoConElAlma

PUTO AMO

Los segundos no alcanzaron a tocar un minuto cuando el puto amo con el flamante 20 a su espalda, recogió con finura  un toque que llegó de un pase largo sin mucho aspaviento. Con su tronco de plastilina y piernas de alambre, como alguna vez Valdano describió a Bochini, descontó a un par de “esos” y al llegar al borde del área, punteó el balón. ¡Qué grosero, Lucu!, por Dios. Lo punteó y lo colgó allá, al fondo de la red, que bien pudo ser el corazón de la hinchada que deliró en un grito de gol ensordecedor, profundo.

 

La noche testigo de un juego salvaje y sentimental buscaba en cada camiseta roja un portento.  El puto amo que jugó por izquierda quitó, tocó y se proyectó como si no hubiera pasado nueve años desde su partida.  El puto amo que cumplió el sueño de todo hincha  de jugar con América anticipaba cualquier intento del rival y el puto amo a su lado lo complementaba de forma brillante.  El  puto amo que entró a la cancha con una carga emotiva por el infortunio de dos goles en  clásico pasado, hoy se tragó solito a Roa, Albarracín, Candelo, Benedeti y al recuerdo de Aravena y el maestro Arboleda, el puto amo del medio campo les quitó hasta la sombra. ¡Qué noche maravillosa la de esta noche!

 

El rojo que parecía una avalancha le llegó al rival por cada rendija de su zaga. Vargas ya era figura y se contaban líneas delgadas en el reloj para ver caer el segundo en el barrio más hermoso.  El puto amo parido en Uruguay, la tierra de los güeeeevos, luchó con coraje un balón que ganó y tradujo en penal… Martínez Borja, el puto amo, al frente de su arco favorito en casa y con la emotividad a mil, exhaló, y con la firme delicadeza que da la convicción cruzó un remate perfecto a la red lateral.  El estadio se quería caer. La noche también. ¡Hay que saltar! Porque el que no salte es de “esos” o de los “otros”. ¡Hay que saltar!

 

La conexión emocional de los jugadores con el partido fue salvaje.  Se jugaban su honor y el de la hinchada en cada jugada, porque así se juegan estos partidos, un clásico no es para tibios ni muñequitos de vitrina, un clásico es para varones.  Y así lo entendió este grupo que se encontró a sí mismo después del bochorno de Neiva. ¡Vamos carajo! La inminente goleada tomó mayor fuerza cuando a borde de área Martínez Borja ganó una falta.  El puto amo que juega por derecha y que en el clásico pasado fue expulsado en un acto de cobardía del árbitro, llegó frente al balón con la certidumbre plena de meterlo. Tal vez exagero si digo que acarició el balón como un homenaje a Bustos, Jersson y Bataglia, tal vez.   La única verdad es que aquel gol de una genialidad indefendible aún retumba en este corazón henchido de orgullo y en la amargura crónica de “esos” (1). ¡Sáquelo! Qué golazo.

 

El juez ordenó el cierre del juego y la noche cargada de emociones llegaba en parte a su fin.  El puto amo con rostro de suegro y voz gruñona lo hizo de nuevo; lanzó a la cancha fértil una manotada de semillas carmín que se hicieron equipo a punta de futbol y güeeeevos para volver a tocar el corazón de un pueblo.  El puto amo los sedujo de nuevo y ellos se mataron en la cancha por él y nosotros.

 

El puto amo es América de Cali. Hoy fueron brillantes, rayaron la perfección.  ¡Gracias!

 

Saludos y gracias por leer estas líneas

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

FIN DEL PRIMER TIEMPO

Al equipo feroz del miércoles que nos tocó el corazón con una caricia seductora le faltaron 45 minutos.  Entonces, cuando el juego de hoy iniciaba su andar, el rojo se lanzó encima de su oponente como una prolongación de esa noche inconclusa y le arrebató el balón al rival en su propia cancha, en sus narices.  ¡Vamos!

 

Palacios, que al parecer encontró su lugar en una cancha de fútbol, descontó de forma brillante un par de conos blancos y prolongó un pase que apenas hizo una leve escala en Lucumí, antes de llegar a los pies de Martínez Borja quien extendió los brazos, sacudió su marca con el esternón, se abrió paso con su vista implacable entre tres rivales más y sació la sed de los incrédulos con un zapatazo soberbio que sacudió la red del arco sur, su favorito en casa, detonando en la garganta de miles el grito de gol.  Gol de América, del rojo, la pasión, la banda, la mecha, la mechita o como prefiera llamar al primer amor. ¡Gooool!

 

El equipo recogió sus esquirlas regadas en Neiva siete días atrás y las hizo roca en el verde césped que rimaba, como en un verso de Neruda, con el traje rojo infinito que el cielo eligió para la tarde de San Fernando y al que solo le faltaba un pase, una sinalefa que uniera aquel marco hermoso con el fútbol.  Y Angulo, que hoy corrió más que en todo el año, lo hizo.  Exageró la precisión el miserable, entre cinco rivales, acomodó un balón de esos que conmueven y te sacan un elogio de más. Vélez recibió y con el último aliento propio y de la tribuna, tocó a Silva y éste a la red. ¡Hay que saltar! ¡Hay que saltar! ¡Hay que saltar! – Pero, que gol, por Dios –.

 

Sin pausa, al frente, como le gusta a la gente. Así era el ritmo de este equipo que se imponía en cada rincón de la cancha.  ¿Por qué no jugamos así con Rionegro, Jaguares, Millonarios y Huila? La búsqueda de la respuesta a esta pregunta peregrina se disolvió cuando Lucumí desde mitad de cancha con occidental, gambeteó, escondió el balón, tocó, pasó, saltó a recibir en el área donde fue derribado.  – Peeeeenal –  Martínez Borja, ese jugador que nos hace amar la pelota, una pared o un pase sin balón y que hoy es el alma de América y su gente, cruzó el remate a la derecha del portero, corrió, alzó sus brazos, y fue arropado por el abrazo más caluroso de todos, el del gol.  El juego ya tenía ritmo de tunda, la felicidad era mayúscula y por un instante la tabla del promedio valía un rábano o no existía.  Y faltaba algo, bello por demás.  La ingeniera ofensiva del equipo el día de hoy gestionó otra tarea… El balón cruzó el área rival y Martínez Borja no logró definir.  Perdió el ángulo. Apenas lo controló cuando ya estaba fuera del calor  y lo devolvió al fogón con un tacón hermoso, mágico, que Silva recibió y selló con gol.

 

Qué digo gol, ¡GOLAZO! Mil veces ¡GOLAZO!

 

Dame tardes como esta América, para olvidar que peleamos abajo con pocas armas en medio de una realidad estresante que no da tregua.  Dame goles como los de hoy América, para encontrar siempre ese abrazo de gol con un hermano americano. Dame momentos como estos 45 minutos América, para dejar de jugar a la buena de Dios y salir juntos del sótano, ustedes en la cancha jugando como lo hicieron el primer tiempo de hoy, y nosotros cantando en la tribuna donde dejamos el aliento y encontramos motivos para vivir.

 

Fin del primer tiempo.

 

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MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

¡NO JODAN MÁS!

Huila 2 –  AMÉRICA 0

Bueno, acá estamos de nuevo frente a este teclado testigo de tanto angustia y tan poca alegría, con la sangre hirviendo y sintiendo un dolor familiar. Aquel producido por la desidia de quienes visten con menosprecio la camiseta que es parte de la vida misma. Era el Huila – Por Dios -. Quizás el más discreto de los 20. Un partido para ganar y fortalecer la idea, a veces utópica, de alejarse del sótano donde se escucha el eco atronador de los guardas de la ‘B’. Era el Huila, no había excusa.

El rojo, introvertido, y sometido por su pereza casi indigente deambuló por las ruinas del viejo Plazas Alcid. La incapacidad era contundente y la pobreza escandalosa. Nadie pedía el balón, se alejaban del compromiso. Hubo jugadores que apenas se encontraron cuando iban al camerino después de 45 minutos infames de jugar pelota. – Así es muy fregado mi hermano –

Quisiera pensar que esto es apenas un mal momento y no un camino lleno de enseñanzas sin aprender. Que pronto vendrá la rebeldía de una plantilla comprometida con un pueblo incansable en eso de regar aliento. La verdad es otra. Balón al área donde casi siempre perdemos por arriba. El delantero bajó el balón, tuvo tiempo incluso para ver como su ingenuo marcador caía al suelo y de un puntazo aterrizó esa fantasía de pensamientos positivos de todo, todo va a cambiar. Gol de Huila.

¿Y la reacción? No hubo tal. Por momentos, preso de una angustia desafiante y angustiado al filo de la histeria por la indolencia en la cancha, vi correr de lado a lado al Cocho Patiño, Alex del Castillo, Fabián Morales, Pablo Melo, los Fernando Cárdenas y Cabezas, Jhon Lozano, Diego Restrepo, Leibyn Balanta, Jaime Córdoba… NOS VAMOS PARA LA ‘B’ Qué escalofrío. ¡Vamos hijueputas, no jodan más! Hay que poner fútbol y güeeeevos. Déjense de joder. – Corran – por Dios, corran, metan, jueguen. Ni siquiera el penal atajado por Bejarano logró llenar de emoción la tarde incipiente, tal vez porque el destino ya estaba escrito en el diario de la vergüenza. Minutos después, como una lanza acerada atravesando cualquier órgano vital, el segundo del rival cayó sentenciando la desgraciada y dolorosa realidad que nos persigue con una sombra siniestra. Fin del partido.

El mensaje del entrenador parece no está llegando. La incapacidad de los jugadores es aterradora que dibujan un América andrajoso, de esos que causan dolor en el alma. Algo se rompió entre sábanas perjudicando a los hinchas que vemos como cada partido se esfuma la ilusión de la tranquilidad perdida hace diez años cuando el promedio, de impecable blanco, tocó nuestra puerta para mortificar desde entonces cada fin de semana. ¿Y nosotros? ¿Quién piensa en nuestro sufrimiento? Ni los guerreros de papel, ni quienes se fueron a la guerra con ellos. ¡Hagan algo! Tomen decisiones. Empeñen el alma si es necesario. Sumen puntos, suden con honor cada pliegue de esta camiseta hermosa, ganen partidos, templen los güeeeevos porque en el sótano, donde estamos desde que volvimos, solo se escucha el lamento de los que nos añoran en las cloacas de la ‘B’. Allá nos quieren y esperan vernos pronto, y ustedes, miserables, mientras ellos se frotan las manos, le coquetean a la desgracia con partidos como el de hoy o el de Bogotá.


¡No jodan más!

Saludos y gracias por leer estas líneas

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

#EscritoConElAlma

LA SACAMOS BARATA

Los primeros minutos plasmaron un equipo que miró de frente al local y parecía le iba a jugar de igual a igual.  Lamentablemente fue solo una pequeña alucinación pues Millonarios, que hoy ejerció de grande, le quitó el balón al rojo y jamás se lo devolvió.  Entonces, una marea azul emergió del húmedo césped… los rivales se multiplicaron, marcaban de tres o cuatro a cualquier indefenso e inocente jugador de rojo.

Llegó el primero. Un gol que sacudió nuestra realidad y nos puso en el sitio que aparentemente debemos estar. El Campín se estremeció, la gente alborozada saboreaba un gol especial, mientras  los rojos, pasmados, abrazábamos la soledad envuelta en decepción.  Millos siguió y el rojo empezó a arrugar. Ganaron todas las pelotas, todos los duelos, y hasta el escupitajo más largo salía de un jugador local. Luego el segundo, que fue una sarta de errores y la noche tétrica que muchos azules nos prometieron, parecía no iba a tener reversa.  Sobre la media hora, a cuenta gotas, y de la nada, el rojo se sacudió un poco de la monarquía que vivía y apostó por el ataque. Dos opciones el resultado de aquella cruzada que murió cuando miserablemente Brayan Angulo desperdició la oportunidad de volver al juego.

La sacamos barata.

El rojo inició la segunda parte con ganas de revertir la adversidad. O al menos, eso quise ver y creer preso de una angustia desafiante. Un par de minutos aceptables y de nuevo arrinconados, atrincherados por el ímpetu del rival.  No sabría cómo definir la actitud de algunos en la cancha. Era una mezcla extraña de pereza, indolencia y agüevamiento que personificaron a la perfección Juan Camilo Angulo, Lucumí y Vásquez respectivamente, cuando en medio de ellos, y con absoluta libertad, el lateral izquierdo de ellos asistió a Quiñónez, quien dentro del área tuvo tiempo de pensar y elegir la mejor de tres opciones: zapatazo y gol.

El juego ya tenía ritmo de paliza.  Cuando se les diera la gana nos marcaban el cuatro, el quinto y tal vez más. Luego vinieron los cambios que se antojan  improductivos, de un entrenador que se cansó de pedir, lanzando gritos al cielo, un poquito de juego.  El tiempo y la pésima definición de Millonarios se empeñaban en mantener la tortura.  30 minutos eternos y angustiantes,  que pasaron como cinco años de penas y dolor. Terminamos defendiendo lo que pudo ser una desgracia sin precedentes. La sacamos barata.

¡Así no! ¡Así no, América, no jodás!

El equipo fue inferior a la responsabilidad y expectativa de enfrentar un juego esperado con ansías. Me cuesta recordar un baile como el de hoy.  Qué presentación lamentable.  Hace rato no me tragaba un paseo como este.  Un gran rival desnudó las falencias protuberantes de un equipo livianito, escaso de jugadores y actitud.  Es cierto que esto no es de nombres sino de hombres como nos lo han vendido. Pero, dónde carajos están los hombres.  En que galaxia paralela Mena, Monsalvo  o Silva son solución. En qué extraña nebulosa Brayan Angulo se puede echar a cuestas 90 años de historia y tradición. ¡Dónde están los hombres! Nada, no vinieron. Y los que vinieron, arrugaron.  Qué vaina mi hermano; la sacamos barata.

Saludos y gracias por leer estas líneas

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

AGAZAPADOS.

El día llegó y consigo el morbo y la ansiedad propia de un partido esperado.  Las calles de San Fernando desde temprano recibieron caudales de americanos de una buena cepa llegados de todas las esquinas de Cali, del Valle y toda Colombia, que con el paso de las horas se hacían ríos de gente desembocando en el Pascual Guerrero; ese hervidero humano donde lo único que se respira es la esencia  de una auténtica pasión.

El partido se abría paso entre los últimos hilos de humo y el eco de los estruendos que adornaron la salida del equipo. ¡VAAAMOS! La idea que rondó en mi cabeza las últimas horas se esfumó con el primer toque de balón. –¡Qué empate ni que coños, vamos a ganar! –.  El rival tomó el balón y con frialdad aterradora dispuso de él. De memoria tocaba aquí, allá y luego a Henríquez. Repetían ese ciclo, literal, las veces que les daba la gana.  Los nuestros, agazapados, esperaban la oportunidad, el pestañeo de una defensa que rara vez lo hace. El juego que pintaba para partidazo, se diluía entre el toque constante del verde y la expectativa desconcertante del rojo.

Y así, con ese sonsonete aburridor, se fue el primer tiempo junto a los quince de receso que apenas dieron espacio para medio aspirar un cigarro y entre rezongos reclamar que – No estamos jugando a nada – Apenas un par de tiritos al arco de Armani.

El segundo tiempo abrió con otro fuera de lugar de Mena y con el rival tocando un poco más lejos de su arco.  El rojo, sin perder la cordura, seguía agazapado esperado el momento del zarpazo. El marco espectacular de una tribuna que relataba su ansiedad con cantos que instaban a su divisa a combatir, reñía con el juego plano de su equipo que nunca fue al frente y se limitaba a lo que, como islotes, pudieran hacer aquellos que el entrenador dispuso para atacar.  América excedió el respeto hasta llevarlo a una hipérbole absurda.  Nacional apretó y América controló.

Las bengalas rompieron la monotonía de una jornada que saludaba la noche. Nacional volvió a apretar, esta vez con decisión, con la convicción que el carnaval que la popular promulgaba sería para ellos. Los nervios se crisparon con cada aterrizaje del verde. Por fortuna, allí estaba Hérner, inmenso, rechazando todo, y tras él, Bejarano manteniendo el cero que abrazamos cuando  un cabezazo de Bocanegra perforó toda la defensa y se estrelló con sus manos casi siempre salvadoras… ¡Ay Bejarano de mi vida. Salvaste el punto!

A veces como hincha no entendemos eso que muchos se llenan la boca al pronunciar, táctica. Pero, hombre, un poquito de ambición y rebeldía para ir al frente no vienen mal.  No es posible que pasemos 90 minutos agazapados viendo jugar, esperando que venga un error.  Está bien que enfrentamos al mejor equipo del último tiempo, pero para respetarlo y verlo jugar está la televisión y no el Pascual Guerrero repleto hasta el vomitorio.  Terminé caliente, rabón, porque tal vez por ingenuo, creí que íbamos a vencer al rival que muchos por allí, con la boca más grande que la barriga, promulgaban que íbamos a parar. Al final el equipo terminó como empezó: agazapado lamiendo el punto que vino a buscar mientras veía como la provocativa presa se paseaba oronda y desafiante por su pradera.

Saludos y gracias por leer estas líneas

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

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