AMARGURA. . .

Bogotá, siempre bella, abrió sus brazos y vistió su mejor traje.  El frío y vértigo de la Atenas hicieron una pausa repentina para entregar su manto a un calor y sosiego peculiares. La ciudad se movió, Monserrate y Guadalupe parecían envueltos en una neblina roja y en las calles solo se escuchaba el eco resonante del dale rojo, dale. La noche impenetrable, sucumbió ante una avalancha de corazones palpitando juntos y las estrellas se perdieron en medio de las bengalas que llegaban al cielo disfrazado de rojo. La capital se estremeció.  Hervía en llamas de pasión. ¡América estaba en Bogotá!

 

Sin embargo todo aquello se esfumó.  Primero tratando de entender la herejía de iniciar con ocho jugadores para “defender” y casi ninguno para atacar a Tigres… A Tigres, maldita sea. Luego por una carencia absoluta de ambición y al final por el grito que la garganta no pudo parir cuando Martínez Borja peinó el balón que miserablemente no tocó la red.

 

El entrenador que desperdició 45 minutos valiosos en esto de pelear por la permanencia, metió la mano y de entrada movió el equipo que ligeramente mejoró su producción. Angulo por poco repite la pintura de Miami y Popayán pero de nuevo como minutos atrás, el gol apenas fue una ilusión óptica.   

 

¿Cuánto falta? — 30 minutos — Respondió una voz angustiada. El rival se quedaba con 10 y la tribuna elocuente e incansable gritaba como si de ello dependiera su vida: “Vamos rojo, vamos. Pongan güeeeevos, que ganaaaaaamos”

 

¡Paaaalo! No puede ser.  El equipo intentaba sostenido por el desorden propio de su angustia. El balón seguía asomando su nariz en el área rival pero la alegría no llegaba y la ansiedad desplazaba cualquier asomo de sensatez.   ¡Paaaalo! No puede ser. Cómo no entra, por Dios. Como quisiera escribir que esto es una joda y que el balón entró dos veces y que el equipo paseó a su rival ante la mirada orgullosa de su tribuna que alienta con devoción reverencial.  Pero no fue así. Por desgracia.

 

¿Cuánto falta? — Uno más la adición — Respondió una voz temblorosa. Nos salvamos y el juez levantó sus brazos para que corriera un airecito sepulcral en el corazón de los miles que dejamos todo por este color. ¡Perdimos! Y ojalá no tengamos que recordar este partido en  una noche de lamentos.

 

Al final no hubo alegría y las caras largas desplazaron los rostros radiantes que horas atrás llegaron a la cancha. Al final no hubo éxtasis. Al final solo reproches. Ya escuché por ahí en pasillos que “15 de 15”.  Que faltan cinco finales y que vamos a muerte. ¡Por qué no fuimos a muerte hoy, carajo! ¡Por qué no jugamos esta recocha como una final, carajo! También escuché con dolor que mientras hayan matemáticas hay esperanza; y mientras escuchaba esa frase tan desoladora como un “Si se puede” vino a mi mente algo que escribí varias veces en un libro cuando estaba preso en las cloacas de la ‘B’: Cuando las matemáticas entran es porque el fútbol y los güeeeevos se han ido, o peor en este caso, nunca llegaron.  Amargura titulé esta reseña porque así me siento y porque el título original no me lo hubiera perdonado jamás.

 

¡Vamos América! 

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

MINUTO NOVENTA Y ALGUNOS SEGUNDOS

#EscritoConElAlma

 

El equipo preso de una angustia sofocante erraba cada pase que intentaba. El fútbol había pasado a un plano secundario remplazado de tajo por las vísceras y la fuerza testicular que pedía sin tregua una tribuna voraz.  Metían, se jugaban la vida pero no era suficiente.  El frenesí del juego y del presente los hacia lucir aparatosos y hasta torpes. Se vaciaron en la cancha pero el resultado seguía siendo implacable. 1 – 1 y el rancho ardía. Era una sentencia, literal. Era revivir sombras y sentir aquellos aromas nauseabundos que por tanto tiempo nos asfixiaron. El empate era cruel.

 

El tiempo seguía pasando. Cada vez faltaba menos y la impaciencia hacia su trabajo.  El rival lucía mejor y llevaba el partido al estado que le convenía. – Nos salvamos – Minuto 70. Minuto 75. Minuto 80. Un cigarro a medio aspirar tras otro pase errado que interrumpió una plegaria al cielo. ¡Así es muy jodido! Minuto 87.  Solo hasta ese instante pensé ligeramente que el empate estaba consumado y que la victoria se esfumaba como parecía partir la permanencia.

 

La gente seguía pidiendo ¡GÜEEEEVOS! ¡GÜEEEEVOS! ¡GÜEEEEVOS!

 

Botinelli recibió sobre el filo del área. Olmes pasó a su espada. Lo ignoró busco su perfil y pateó. Tiro de esquina. Corrió a buscarlo como si fuera el minuto cinco de la primera parte y no el 90 de un angustioso andar. Descargó su mirada sobre el balón. Respiró. Levantó los brazos señalando una coordenada imaginaria en el área rival. Corría el minuto 90 y algunos segundos. Gareca dejó la concentración de Perú y llego al punto penal. Bermúdez soltó el micrófono y fue al primer palo. El balón surcó el cielo de San Fernando trazando una figura delicada hacia el centro del área…

 

Arboleda se levantó venciendo su bajo nivel y conectó el balón con el cráneo y todo su pelambre. El arquero estiró su humanidad y contuvo aquel golpe de bayoneta… ¡UFF! ¡No puede ser! Mientras el balón daba tumbos en el aire el corazón casi infartado recibió la caricia consoladora que premió el esfuerzo y la constancia en esto de ser americano. Olmes saltó, se elevó cuan ligero y escuálido es y de un cabezazo ambicioso y veloz desvió el rumbo de una noche de lamentos y lo llevó al éxtasis total. El balón picó en la raya de gol y de allí acompañado del alma de un pueblo insaciable saltó mágicamente a la red lateral donde explotó e hizo estallar la garganta de los que nunca faltan. ¡Goooool! El corazón se quería salir del cuerpo para saltar a la cancha y abrazar esta victoria sufrida y necesaria. Gol por Dios. ¡GANAMOS, CARAJO!

 

Dame siempre ilusión, dame salud para vivir y acompañar a este equipo hasta el fin de mis días. Dame un abrazo escarlata y si cae una lagrima que sea en el pecho de otro americano. Dame motivos para ser feliz y juntos pelear la permanencia con furia y valor. Dame fuerza para alentar y gritar con el alma dale rojo, dale. Dame otro minuto noventa y algunos segundos para gritar desaforado desde las entrañas otro gol que valga la permanencia. Vamos, vamos América. Vamos. ¡Vamos carajo! 

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

JUNTOS SOMOS MÁS

#EscritoConElAlma

 

La última vez que estuvimos juntos logramos romper una soga llena de nudos que nos ataba del cuello a un pasado doloroso. Vencimos el escepticismo, la desgracia enquistada y golpeamos la mesa de quienes querían vernos hervir en las cloacas. Levantamos a un equipo y un jugador del suelo que supone un autogol en una final.  Reventamos en pirotecnia. Sonreímos. Abrazamos el miedo que supone el fracaso y lo derretimos al calor de la fe.

 

La última vez que estuvimos juntos los rivales temían llegar a San Fernando.  Sintieron la fuerza abrumadora de un pueblo vestido de rojo intenso que empujaba a su equipo gritando DALE ROJO, DALE.  Armamos con nuestro esfuerzo el rompecabezas del objetivo por tanto tiempo difuso. Asumimos una actitud demoledora capaz de vencer en la guerra que nos hubieran plantado.  Cuando tiramos todos para el mismo lado, hicimos que nuestros corazones palpitaran al mismo tiempo creando un huracán de fe que nadie pudo parar.

 

¡Vamos! Vamos a acompañar a este equipo que resume nuestra propia vida.  Vamos a alentar en esta angustia del presente, alejando el pasado acechante y añorando el futuro mejor. Es hora de dejar el silencio en casa, estrechar la mano de algún americano desconocido y abrazar a otro al llegar al puesto señalado para alentar. ¡Vamos América de mi vida! Hay que ganar. Vamos por esos siete partidos.

 

La última vez que estuvimos juntos escribimos un poema hermoso e inmortal llamado “JUNTOS SOMOS MÁS” Es hora de estar juntos. Dejar en paréntesis diferencias y reclamos porque América y su hinchada son más grandes que los nombres que solo están de paso. ¡VAMOS!

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

 

¡VAMOS AMÉRICA, VAMOS!

#EscritoConElAlma

 

Ni siquiera había podido digerir la frustración de ver lo que se tragó Silva, cuando acto seguido, el balón de nuevo caía lento sobre su cabeza a unos cuantos pasos de la raya de gol. Cerré los ojos. Inhalé ese aire pesado y tóxico que respiramos los americanos por estos días. Es imposible que lo falle.  Abrí los ojos, aun con el aire denso en los pulmones… – Se lo comió otra vez – ¡HIJUEPUTA!

 

¡Cebooo! ¡Cebooo!

 

Que alguien le grite a Botinelli, Arboleda, Silva y Martínez Borja que el partido inició hace 46 minutos. El primer tiempo les pasó por encima. No entendieron la importancia de esta noche de septiembre y cayeron en el sopor de semanas atrás. Blanco y Vásquez empujaban al equipo pero sus esfuerzos  caían en el suelo árido de sus compañeros.  El primer tiempo para desgracia nuestra, se disolvió en una infusión de impotencia que eleva exponencialmente los niveles de angustia. Había que ganar. No solo por seguir la línea de Jaguares sino para recibir la próxima semana a Tuluá a solo cuatro puntos y meterlo de una vez por todas al baile que quisieron abandonar.

 

El entrenador sacó  a Silva y envió a la cancha a Loboa envuelto en una pachorra indignante.  Otro palazo – Nos salvamos – Adentró Fernández por Arboleda. El equipo mejoró pero el temor de perder a veces es más fuerte que la convicción de ganar. Palacios decidió ir al ataque y rompió.  Martínez Borja sacó un derechazo de la nada que por un par de centímetros no sacudió los nevados.  La sensación de ganarlo desplazó la ansiedad. Botinelli filtró un pase de esos que se ven en sus videos promocionales de YouTube. Palacios de primera centró por el suelo a la llegada de Loboa…. El  momento del abrazo parecía haber llegado. El gol y el  sacudón a la tabla del promedio también.  Loboa, llegó al balón, sin marca, sin presión y de zurda con algún tendón al revés lanzó el balón por encima. – Se lo comió este tronco –

 

No hubo abrazo. No hubo gol. No hubo explicación ni paz. Fin del partido.

 

Será una lucha domingo a domingo contra la impaciencia y el desespero. Aunque estoy seguro que no vamos a perder la categoría no escampará hasta la última fecha. Serán dos meses largos y estresantes de sumas, restas y combinaciones de resultados.  Por lo pronto, se viene una semana con la cruz de nuevo a cuestas, días en los que todo molestará y  putearemos cada vez que aparezcan en la memoria como taladros los desperdicios de Silva y Loboa. Hasta que llegue el domingo con la cabeza en Montería, el deseo en Pasto y el corazón saltando en el Pascual gritando dale rojo, hoy te venimos a alentar, para ser campeón hoy hay que ganar.

 

No vamos a descender pero sufriremos más de la cuenta. Hasta el minuto 94 de la fecha 20 por allá en el viejo y querido noviembre. Allí en medio de americanos infartados, alentaremos sin parar. ¡VAMOS AMÉRICA, VAMOS!

 

Saludos y gracias por leer estas líneas

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

VOLVER A ESE LUGAR

#EscritoConElAlma

 

El equipo que unas semanas atrás parecía muerto encarnó aquel dicho popular de la escoba nueva. Aunque le costó encontrar el balón, cuando lo halló lo empleó de forma adecuada y los jugadores multiplicaban los esfuerzos que parían una actitud ejemplar. Martínez Borja peleó con argumentos de caporal un balón  a tierra que luego de mediar un saque de banda, un espolonazo, un centro abominablemente preciso y un cabezazo corto de Silva… Sí, Silva, el esquivo gol volvió a pasear en el gargüero de los americanos incansables e impacientes. Gol. ¡Gol Virgencita del Carmen!

 

El gol tuvo un efecto lisérgico en el equipo que mermó la intensidad, el rival se acomodó y la claridad quedó envuelta en las redes del arco sur. Los 15 minutos esplendorosos del inicio se opacaron y quedaron sembrados en un lamento cuando un jovencito sacó un zurdazo que nadie pudo detener. Gol del Huila. Un mazazo, sin duda.

 

El primer tiempo contaba sus últimos segundos cuando Vélez, que hasta ese entonces solo había pasado la mitad del campo para ir a abrazar a Silva en el gol, templó un centro al área que encontró el cuarzo de las piernas de Martínez Borja. Se acomodó, protegió el  balón, extendió sus aspas y trazó con su tronco un giro de compás que provocó otro rugido infernal de gol. ¡Golazo! El negro corría desaforado. Da Silva celebraba como si él lo hubiera anotado. Los suplentes olvidaron ese rol y se abrazaron como titulares. El gol parecía inmortal y la tribuna, la tribuna se quería caer. ¡Golazo!

 

El segundo tiempo trajo consigo el nerviosismo propio de este presente angustiante. El equipo manejaba el juego y el entrenador movía el banco relevando las piezas agrietadas. Otro golcito por favor. Otro golcito por favor muchachos. El rival apenas se asomaba a nuestra área pero lo suficiente para cargar de nervios la tarde. A decir verdad el juego nunca estuvo en riesgo en la cancha pero el corazón de los que alentamos no entiende eso y sabía que el asunto no estaba resuelto, que faltaba una alegría más… Y llegó… Botinelli cerca del punto penal desvió a la red una cadena de aciertos que encontró sentido cuando corrió a abrazar a Angulo, replicando la paz que  solo los americanos entendemos cuando encontramos el regazo de otro ser igual o más enfermo por este color. ¡Ganamos!    

 

Mientras escucha orgulloso que una vez más el sentimiento de ser escarlata lo hace delirar y que se va a caer la popular; el corazón camina lentamente hacia ese lugar recóndito donde no hay temores ni espantos disfrazados de números.  Ese lugar donde siempre hay esperanza y motivos para brindar. Ese lugar donde hay amigos, todos rojos. Ese lugar donde se celebra una victoria para volver allí  donde somos felices los americanos de siempre. ¡Vamos!

 

Saludos y gracias por leer estas líneas

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

EQUIPO CHICO

 

América, representado por un grupo de jugadores estancados y un entrenador regodeado en su fracaso, encontró una pequeña luz de esperanza cuando Botinelli lanzó a la red lo que parecía ser el fin de esta racha. El rojo ganaba su partido. Cumplía el deber. Se veía un poco mejor que su rival pero la incertidumbre que ronda el corazón escarlata no dejaba disfrutar ese efímero instante de placer. Sin embargo, el primer tiempo terminó y el equipo seguía arriba en el marcador. – Hoy despegamos – Mentí al sensato que habita en  mi cabeza.

 

¡Ay Bejarano de mi vida! Cómo te vas a equivocar  esta noche, justo hoy.

 

El equipo, acéfalo como es costumbre perdió los papeles. El entrenador rival movió con suficiencia su tablero y sus hombres. El nuestro alternaba su rostro entre la conchudez y la desidia.  Sentado veía como el partido y un presente que el mismo forjó con sus decisiones absurdas le pasaban por encima. América envuelto en el traje de equipo chico que luce con cinismo, perdió el rumbo del partido como de su propio e incierto destino labrado con azadones de vergüenza. Gol de Envigado.

 

Somos un equipo chico. Sin mística. Sin rumbo. Somos un equipo chico al que le gastaron los ahorros de grandeza forjados por quienes solo podemos ver en hemerotecas y libros de historia. Somos un equipo diminuto incapaz de superar un reto, un mal momento. Nos han hecho chicos leyéndonos cuentos de guerreros, aves míticas, decisiones precisas y serpientes que no duermen. Somos un equipo chico que hoy merece lo que le está pasando.

 

Fin de partido. Perdimos, para variar. Qué fácil nos ganó ese equipo.

 

Somos un equipo chico sin cara para enfrentar un compromiso serio. Un equipo sin prioridades… ¡Nos estamos yendo a la ‘B’! Estamos recorriendo ese camino añejo que nos llevó hasta el penal de Chávez. ¡Nos estamos yendo a la ‘B’! Reaccionen, hagan algo. No dilaten más las decisiones que debieron tomar hace cinco partidos. No nos vayamos a la ‘B’ resignados como un equipo chico que va y viene. Quedan nueve partidos. Hay esperanza, hay fe, nos las maten con necedad y orgullo. No nos dejen ir a la ‘B’ porque morimos. No tengo lágrimas para llorar otro descenso.

 

Señores directivos: ¡No nos dejen ir a la ‘B’!

 

Hernán Torres no es más el entrenador de América de Cali. Era inevitable e insostenible. Se va como el entrenador que dirigió el equipo que ascendió, y como el que talló con martillo y cincel la piedra del segundo descenso, porque recibió un equipo en la ‘B’ y hoy nos lo entrega aún más chico y de nuevo en la cochina ‘B’.

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

CAMBIO DE PLAN

#EscritoConElAlma

 

Eisner Loboa, titular, camisa 29 – Es que Torres no se ayuda – Va la madre.

 

El nebuloso fútbol de América dio un espacio durante trece minutos a la actitud e intensidad. Luego, el mazacote fue el mismo de jornadas anteriores y la saliva con la que se pegó esta sarta de errores, se empezó a escurrir dejando en ruinas los sedimentos de un abrazo que hoy justo cumplía nueve meses.

 

No hubo cambio de plan. El equipo intentó, si es que trotar y pelotear se puede llamar intentar. Pero no lo logró pues la incapacidad manifiesta al parecer ya tenía la sentencia, y la dicha inaplazable de ganar un clásico tampoco sería en esta noche casi fúnebre.   Esperamos cinco años para volver a encarnar el fragmento célebre de Cali pachanguero y salir con estas. Todo triste y doloroso como este presente majadero que nos ata sin piedad a las cloacas sedientas de rojo.

 

Adentro Olmes García, camisa 17.  – Es que Torres no se ayuda – Va la madre.

 

Bejarano, de lejos el mejor y el único cuyo rostro y acción reflejan el sentir del hincha, atajó un penal sosteniendo nuevamente con sus guantes esta farsa desgraciada. (Qué habría sido de este universo si Bejarano no ataja aquel cabezazo de Céter) Como una premonición, Olmes García haciendo gala de una limitación terrorífica… Se lo comió. Al oído la voz lejana de mi abuela diciendo que del cilantro nunca puedes esperar cerezas.  Acto seguido Sambueza empujó el balón a la red sepultando no solo el proceso de Hernán Torres sino sentenciando el cambio de plan.

 

Eso no se hace América… Eso no se hace rojo.  No te puedes ensuciar en tu hinchada, en la gente que va a la cancha muchas veces dejando el buche vacío para ir a gritar dale rojo. No hay derecho a que te ensucies en la cara del abuelo al que el cansancio de la vejez no le mermado la pasión y el padre que llega a la cancha con su pequeño hijo rojo hasta la coronilla en un acto solemne de educación sentimental. Eso no se hace con un pueblo que revienta en fidelidad, que va a las gradas que otros abandonarían y que se ha tragado las peores desgracias, pero alienta con la misma necesidad de respirar.

 

El partido terminó y el cambio de plan al que tantas largas le dieron ahora es inevitable. Ojalá sea traer uno de los dos entrenadores disponibles y con pedigrí para sacar esto adelante, porque por ahora el único cambio de plan que tenemos es dejar atrás el plan A que tanto esfuerzo, lágrimas y dolor nos costó emprender, para iniciar el sombrío pero familiar plan B. Es escalofriante pensar en eso que pensamos al ver la tabla de promedios y sentir como las lecciones no aprendidas taladran el alma.

 

Es cierto que esta pasión es indeleble y que estamos hechos de algún material volcánico y celestial. Que no hay otra hinchada como esta y que nos bancamos con gallardía la más dura de la historia. Pero también es cierto que un segundo descenso sería el fin. Literal.

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

LA GRAN MENTIRA

Muchas veces durante el último tiempo, debo confesar,  no he encontrado las palabras para tratar de describir aquello que mi equipo presenta en cancha. He debido hervir y rehervir las letras desgastadas para encontrar un párrafo que resuma el sentimiento maltrecho que causa ver al rojo. Hoy en particular ha sido espinoso hallar el inicio de este texto, así  que solo diré que aún con el tufo a chocolate y pan del desayuno, destapé  una cerveza helada con la cándida utopía de ver al rojo arrollando a un rival histórico.

 

Además de los pies, el fútbol se juega con el alma, con el corazón. Y este equipo no tiene nada de eso. Parecen zombis sacados de algún cuento de terror de Poe. No corren, no juegan, se les ve la desidia por encima de esa camiseta mancillada. No patean al arco, no hay quien desborde y se salga de un libreto mezquino que se prepara en unos entrenamientos fingidos. ¡Qué gran mentira América!

 

Me resisto a creer que estos jugadores y su entrenador no puedan jugar algo de fútbol.  Es inaceptable que estos personajes caros, porque no son empleados de salario mínimo, no puedan hacer goles y ganar partidos.  Es un equipo insípido, frío, triste, lánguido, que no transmite nada.  Es un equipo sin bríos, sometido, dócil, paquidérmico, que no tiene fuerza.  Es un equipo cobarde, pusilánime, miedoso, arrugado, asustadizo, que le queda grande el traje ¡ES QUE NO LES DUELE LA CAMISETA! ¡NO LA SIENTEN ESTOS DESGRACIADOS!

 

Minuto 70. Y no pasó nada en cancha.  Me cuesta recordar un América – Millonarios sin emociones. Minuto 94 y no pasó nada.

 

Alguna vez le preguntaron a Hernán Torres si le iba a hacer falta Lucumí.  Y su respuesta, un poco sobradora por demás fue – Para eso tenemos a Loboa – Esa sentencia resume la gran mentira o la gran estafa de América de Cali hoy por hoy.

 

Hoy es uno de esos días que pensé nunca iban a llegar. Un día opaco en el que cobijado por la sombra  imponente de un viejo Urapán y lastimado por la gran mentira entiendo que nos vamos de nuevo a la ´B´.  Pienso en un segundo descenso, no hay remedio con este equipo sin sangre que tenemos. Pienso en el regreso a Vallledupar, Turbo, y Villavicencio.  Pienso en una ciudad hecha trizas, en un estadio  a medio caer y ríos de dolor.  Veo adultos infartados y niños llorando.  Veo fuego, piedras que atraviesan las llamas que se elevan hasta el cielo del averno y un pueblo entero sublevado ante la gran mentira que nos han tendido como tobogán a la desgracia.

 

¡HAGAN ALGO! Ya sufrimos suficiente. No más.

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

EL FRIO DE UNA NOCHE HELADA

Armani voló replicando la atajada de Bejarano. Los rojos ceñidos al guion preparado se agruparon en un sector de la cancha, agazapados, esperado la falla del local que no encontraba el camino. La lluvia hacia más clásico el clásico y Martínez Borja luchaba con Henríquez. La tensión era evidente. La acción caía sobre los arcos como cierta premonición y los balones llovían sobre las áreas. El gol no asomaba como si lo hacia la ansiedad que crecía exponencialmente.

 

El equipo jugaba bien, hasta se veía mejor por instantes.  A la distancia, el pueblo que desde temprano vistió su camiseta de cábala, cantó canciones del rojo, leyó periódicos antiguos de tiempos mejores y regocijó el alma con imágenes que no se borran del álbum del orgullo, germinó en el frio de una noche helada la certidumbre de lograr la victoria.  Ni siquiera un autogol de Angulo silenció esa convicción.  – Desgraciados tan de buenas – Luego Cortés la tuvo de frente, diáfana, con más arco que tribuna en su vista y… – Desgraciados tan de buenas –

 

Entonces, vino el temor.  El recelo infundado de no lograr la constancia suficiente para llevar el laurel de vuelta a casa. El esfuerzo del primer tiempo empezaba deteriorar el corazón del medio campo donde las arterias se tornaban insuficientes. Algunos dejaron de correr para trotar forzados por el rigor del juego y con ello las grietas que no tardaron en surgir. Entonces, la Virgen del Carmen que el profesor Torres adora, volvió a aparecer envuelta en un manto rojo que dejó al rival con 10 por tercera vez en este campeonato.

 

– A ver si esta vez aprovechamos –

 

El rival lejos de encerrarse a cuidar la victoria, en una acción suicida adelantó a sus hombres y presionó, sí, presionó la quebradiza línea defensiva de América. El rival lejos de pelotear y lanzar el balón a las comunas tocó y tocó hasta encontrar alguna falta que les diera respiro. El rojo, nervioso, impotente y débil no encontró la pelota y solo se sacudió con un remate al palo de Botinelli.  El frio de una noche helada cerró su arrebato cuando el local marcó el segundo que terminó en las manos dobladas de Bejarano con una cadena de errores propia de jugadores superados en cancha. Perdimos y nos merecemos el coro doloroso que terminó arrullando la noche de los antioqueños.  Listo, nos ganaron bien.

 

Me voy a dormir ligeramente tranquilo por una gran parte del partido y del juego del equipo. Pero me voy absolutamente emputado porque es el tercer equipo con 10 jugadores por más de 25 minutos al que no somos capaces de fingir que le queremos marcar un gol. Me voy a dormir colérico porque las malas decisiones se llevan a la mismísima porra los punticos que nos han de sacar de este atolladero putrefacto. Dormiré con el clásico sabroso entre el más grande y el más popular en mi cabeza, repasando lo que mi juicio no deja pasar en el frio de una noche helada y esperando en la insaciable rutina del hincha del más popular, que Jaguares no sume mañana en Bogotá. Triste pero real. Así es y así estaremos hasta la fecha 19 o 20 de este calvario que dizque íbamos a poner en orden. ‘Ja’.

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

NO SOLO VINE A ALENTAR

No solo vine a alentar y gritar con el alma “Dale rojo dale”.  También estoy aquí para recoger los restos de aquel moribundo empapado hasta los huesos, que el sábado del robo inmisericorde quedó sepultado en algún lugar de occidental, cuando Níver Arango pateó la segunda sentencia de una condena que durante un lustro pareció perpetua.

 

No solo vine a alentar y gritar “Rojo de mi vida no me falles”. Asimismo, vine a ver un equipo sin alma que no encuentra el balón y se sacude en una impotencia que rima a la perfección con el silbido sentido que sale de una tribuna golpeada. Vine a ver a Martínez Borja regresar de la patada del troglodita Mera y meter lo que sus compañeros extraviaron en algún lugar de la ruta Cali – Barranquilla, y jugar lo que al parecer se les olvidó.  Luego, recibió un balón que parecía rendido a su pie derecho y tras un movimiento perfecto, preciso, divino, un giro como de caja musical, pateó de zurda el balón con el perfume celestial que solo sale de sus pies y lo puso en la red, en el ángulo y con esmero en el corazón de cada americano feliz. ¡Golazo por Dios!

 

No solo vine a alentar y buscar la paz extraviada desde Equidad, Montería y Pasto. Vine a ver un tiro de bayoneta que salió de la cabeza de Vélez y finalizó en la red. Lamentablemente la alegría de un 2-0 más largo que el merecimiento, fue efímera pues 120 segundos después un gol infame del rival dejó todo en la honda angustia que hoy supone ver jugar a América.

 

No solo vine a alentar. Vine a ver un segundo tiempo pálido y a mi equipo languidecer con el paso de los minutos que se rehusaban a llegar a la cima de los 90.  Y a su entrenador respetando el postulado tan atroz como sincero que lanzó en Montería después de semejante botín. El juego terminó con el acostumbrado barniz de zozobra. Petrolera acechando y el rojo aguantando. Por fortuna el alma del equipo estaba en cancha y sin más respaldo que la mirada fascinada de sus compañeros, con sus extremidades, esternón y espinazo, Martínez Borja aguantó los últimos minutos para saltar y gritar que volvimos a ganar.

 

No solo vine a alentar y ejercer mi derecho a ser feliz.  También lo hice para explicarle a esta alma vagabunda llena de temores y espantos, que este amor siempre será más fuerte y por más que me sugiera desgracias anunciadas y me susurre que falle y no vuelva, nunca le fallaré a esta razón de vivir llamada América de Cali. ¡Vamos América!

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma