¡GRACIAS, AMÉRICA!

 

El primer tiempo terminó y la piel de los once rojos quedó en el césped. Jugaron con el espíritu amateur que muchos pierden en el camino. Sudaron, dejaron el cuero en cada pelota dividida. Metieron lo que una tribuna enardecida pide en el fragor de un juego definitivo. Fueron imponentes, no se opacaron ante la majestuosidad del escenario. Millonarios que agradecía al cielo por el botín del jueves, no encontraba la manija del partido y el tiempo se les agotaba entre la impotencia en cancha y la desesperación crónica en la tribuna. Bastaba un pestañeo para que la fiesta se les aguara. Y ellos lo sabían, en la cancha y en la tribuna.

 

Bejarano, atajó un penal que fue una señal o tal vez premonición. Luego como un resorte dulce atajó otra imposible y era inevitable sentir que lo íbamos a ganar. – La mecha lo gana – Como en Barranquilla ese estribillo retumbaba en la cabeza. – La mecha lo gana –.  Lizarazo colgó un balón al ángulo y el arquero respondió… El juego entraba en la dinámica del “como sea”. ¡Vamos! Bejarano mantuvo la serie viva así como la úlcera de muchos azules. Cada atajada era un chorro de gasolina para ese destello que se convertía en fuego voraz al pisar campo rival.

 

El momento que tanto tardó al fin llegó. Ese instante que esperamos con paciencia y devoción de profeta abría sus humantes fauces. Era gol. La noche sin duda iba a cambiar. El silencio sería ensordecedor y la luna vestiría su traje bermellón. El premio para una gente que estuvo en la peor de la historia, un entrenador que revivió a un desahuciado y un grupo de jugadores que merece un aplauso de pie. Lizarazo veía venir el balón hacia su pie izquierdo, acomodó su cuerpo de tal forma que el remate no tomara altura. El Campín enmudeció, se podía escuchar el sonido singular de la llovizna sobre el césped. Bejarano se saboreaba y el grito de gol de los rojos regados en la tribuna iba a ser un soneto de Neruda… Lizarazo, falló, no impactó el balón y luego otra atajada de Vikonis más una barbaridad de Arboleda dejaron todo azul de nuevo. El juez terminó el partido atendiendo la súplica desesperada de Millonarios.

 

No estoy triste. Y seguramente usted tampoco lo estará. Tal vez, al terminar el partido se levantó de su lugar y aplaudió valorando el esfuerzo y el pundonor del equipo. Su rostro, que es el de millones, solo expresa agradecimiento y satisfacción. Me voy a casa tranquilo, con los pies empapados, el alma inundada de orgullo y las palmas ardiendo de tanto aplaudir a mi equipo. Este año que acaba de terminar lo guardaré en el corazón y la memoria por la felicidad y el sufrimiento. Por las polas con los amigos de la cancha y el abrazo de siempre. Los viajes interminables y la sonrisa del abuelo en la tribuna. Por el carnaval y el humo. Por las atajadas de Bejarano, el gol de Lucumí a los 14 segundos, el gol de Farías, el de Borja, el de Castañeda y el de Hernández en Pasto . Por el rostro abatido del profe Torres.  Por las derrotas dolorosas y los refuerzos intrascendentes.  Por los partidos lamentables en Neiva, Pasto, Montería y Envigado. Por noches como la del cumpleaños o aquella del gol de Olmes al noventa y tanto. Porque volvió un ídolo, por los once partidos sin perder. Por la tanda de penales en Barranquilla, la cara de Teo y los clásicos que se perdieron. Por los castigos injustos, los estadios a reventar y el gol de tiro libre de Angulo. Por la risa del niño que fue por primera vez a la cancha y Hérner de regalo le dio un golazo de cabeza. Por las pataditas de Blanco, el corazón de Mosquera y las atajadas fantásticas de Bejarano. Por los madrazos y la ovación. Porque siempre estuvieron pendientes y vigilantes, porque el rojo no les dio la segunda mayor alegría de su vida.  Porque después de 48 partidos, con la categoría a salvo, dos semifinales a cuestas, el regreso a las canchas de Sudamérica y unos güeeeevos enormes solo puedo decir: ¡GRACIAS, AMÉRICA! 

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

#EscritoConElAlma

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NADA QUE REPROCHAR

 

Hoy será un gran día. Hoy lo ganamos…

 

El día casi no pasa y apenas se hizo llevadero con el eco de las canciones del rojo y lecturas añejas de grandes gestas. Un día largo, esperanzador, diferente. Una jornada para recordar, celebrar y encender velas con deseos dedicados a América. La noche que tardó un siglo en llegar abrió sus ojos entre pirotecnia y esperanza… Vamos rojo. Vamos a hacer de este un gran día.

 

El equipo flotando en sus limitantes pronunciadas se entregó al fragor del fútbol físico y sin ideas. La gente alentaba y Millonarios esperaba. Los nuestros no hallaban el rumbo y los minutos simplemente pasaban. Uno de los tantos balones que perdió Arboleda y que pretendía recuperar con un golpe de vista, desembocó en el primer gol del rival. Acto seguido, el fútbol, que no se guarda nada, le entregó la oportunidad de la revancha de un año y medio virulento. Recibió solo en el área y, como no, la desperdició. Todo está dicho con este jugador. América seguía perdiendo.

 

El equipo, aferrado al dogma de meter y dejar la vida en la siguiente pelota, empujó, cargó a su rival, y sin más orden que la misma convicción fue al frente. – PEEEENAL – Un silencio sepulcral acompañó la atajada de Vikonis… – PEEEEENAL – El balón fue al fondo y el grito infinito de gol parecía ser la misma resurrección.  Hoy será un gran día. Hoy lo ganamos.  Los jugadores seducidos por el envión que supuso el empate, desbocados fueron por el tercero sin haber logrado el segundo, y la mente no pensó más.  Silva marcó un gran gol para ellos pero una completa ridiculez para nosotros. La cabeza se enterró y el corazón se heló. Ese gol acabó el partido y en parte apagó la ilusión, esa terca ilusión. Perdimos y ellos ganaron bien. Nada que reprochar.

 

Queda una esperanza tan grande como una semilla de chia y seguro a ella nos aferraremos.  Es muy jodido pero qué lindo sería remontar en Bogotá, en esa cancha donde aún retumba el derechazo al ángulo de Caicedo en el arco de Vivalda y donde hay una factura pendiente de recoger.   Tal vez la razón sentencie que no tenemos chance de lograrlo, que es el fin.  Pero el corazón, que al final es el que decide en esto de amar una camiseta, me grita desaforado que hay que alentar por esa pequeña esperanza, y que el domingo puede ser el día que este equipo remendado y cocido en sus limitaciones extraordinarias, lo haga de nuevo.  

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

#EscritoConElAlma

REALISMO MÁGICO

 

Juan Camilo Angulo, de un derechazo tremendo y hermoso puso la sordina al carnaval que Teo había iniciado minutos atrás. El balón atravesó la barrera venciendo el escepticismo y golpeando la soberbia de su rival encontró la red. El corazón escarlata, literal, estalló con ese gol. Era irreal y hasta ilógico. El pobre, el que lleva años penando y tragando veneno cada domingo, golpeaba al rico, al poderoso, en su casa. En sus narices.

 

Sin embargo, el resultado se esfumaba. Marimondas y monocucos combinaban pasos infernales de una danza burlesca con cada opción que surgía en el área de Bejarano. Se sentían ganadores. Tan sobrados estaban que Teo no necesitó mala leche para enfriar el partido. El vendedor de butifarra y el de águila cero debatían, mientras se señalaban como ‘care mondá’, en qué minuto y quién marcaría el tercero – No tardará en llegar –. Bejarano se revolcó y lo evitó. El equipo luchaba pero el hígado los riñones y los güeeeevos no eran su suficientes. El sueño, gestado de la nada, estaba por acabar.

 

Sobre la agonía del minuto ochenta y siete, como en un cuento del nobel, Lizarazo lanzó al área los restos. Seis de los nuestros esperaban exhaustos pero hambrientos. Castañeda burló su marca, atacó el espacio y saltó… Se suspendió en el aire como sostenido por una hojarasca que apenas dejaba ver los chorros de sudor que atravesaban su espalda. En la cima de ese salto brutal encontró el balón que parecía hecho para su cabeza, lo tocó, lo desvió, lo sintió posar sobre su frente y supo entonces que esta noche sería nuestra. Fue un gol fragante, como un libro nuevo. Un aroma suave y placentero que contrastaba con el abrazo fuerte del americano de siempre. Nada más lindo que un gol al 90. ¡Vamos! Penales. ¡Vaaaamos!

 

Lizarazo cruzó un zurdazo de bayoneta que Viera ni siquiera vio. El corazón sintió esa descarga. – Lo gana la Mecha – Tal vez fue el corazón el que lo dijo porque a mi alrededor nadie podía musitar palabra alguna. Golazo por Dios. Lo gana la Mecha.

 

Bejarano se agachó y mordiendo amargura escuchó el estruendo del gol de Teo que se hizo ensordecedor cuando Viera detuvo el penal de Angulo y Sánchez marcaba el segundo de ellos. El cigarro se apagó sin haberlo aspirado la primera vez.  ¡Jueputa! El rostro de Bejarano no aguantaba un gesto más. Malditos penales, otra vez se van a tirar todo el esfuerzo. El corazón marcaba la intensidad de la desesperación mientras la voz anónima seguía insistiendo con terquedad escarlata: – Lo gana la Mecha –

 

Arboleda, ese jugador silencioso que llena su mochila de madrazos cada vez que va a la cancha y teme salir de su casa, llegó al punto penal. Sereno, acomodó el balón y raudo pateó un penal precioso que arrancó del hincha americano un madrazo, esta vez de felicidad. Gol, carajo. Estamos vivos.

 

— Lo tapó Bejarano — ¡Ay Bejarano de mi vida! — Lo tapó Bejarano —

 

Castañeda repitió la cita con el gol. Esta vez con un derechazo que Viera esperó en la mitad, pero que el varón que juega con la 26 que hoy muchos niños quieren tener, abrió el pie y puso la ventaja. Sentí ese deseo de correr, abrazar a Castañeda y decirle “gracias papá, impecable como siempre”  “Lo gana la mecha” Ya no era un susurro. Era un grito feroz. ¡LO GANA LA MECHA!

 

Bejarano esperó a Chará … Lo aguantó agazapado. Lo absorbió con la mirada. Lo desafió. Sintió el miedo al fracaso que ya curtió su cuero. Chará pateó y Bejarano, envuelto en una mística mágica,   atrajo el balón a sus guantes. ¡Ay Bejarano de mi vida! ¡Ay Bejarano de mi vida! ¡NOS DISTE EL PASO A SEMIS!  Celebren muchachos. Esto es de ustedes, jugadores. Se lo merecen por tener ese corazón tan grande. Por meter güeeeevos donde el fútbol no alcanza. Sacúdanse toda la mierda que les cayó en este tiempo miserable y sonrían porque son ustedes los que aguantaron, siempre creyeron y nos dieron una gran lección de humildad. Solo nos resta ponernos de pie, aplaudir y decirles gracias.

 

Martínez Borja agarró el definitivo. Viera, resignado, sabía que no tenía nada que hacer; que la Mecha lo iba a ganar. Roldán dio la orden y la vida se detuvo por un instante tan mágico como real. La tromba azabache inició su carrera y cumplió. Él siempre lo hace.

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

SIEMPRE JUNTO A AMÉRICA

 

Las luciérnagas desplegaban su esplendor en medio de la tormenta de humo rojo que cubría, con sutileza hermosa,  cada rincón de ese pedazo de cielo donde podemos contar el capítulo de nuestra vida llamado América de Cali.  Qué lindo sería una victoria hoy para recordar con honores el abrazo del 27. ¡VAMOS ROJO, VAMOS!

 

La realidad es otra. El nivel del rival subió y nuestra nómina exprimida hasta la última gota que fue la del objetivo cumplido, lucia impotente y superada por el oficio del rival. Apenas un tiro libre de Angulo que casi lame la raya de gol fue el balance ofensivo del rojo. No había espacio y no tenemos quien genere fútbol en mitad de cancha, esa es la verdad, y aunque se lea cruel, así es. En ataque los nalgazos de Borja y los piques desabridos de Olmes apenas servían para matizar un poco la noche.

 

Sin embargo, la gente, incondicional, alentaba y gritaba empujando al equipo con la fusta de su voz. Ellos, los que se bancaron con gallardía la peor de la historia, seguían expectantes a que una sonrisa cayera en la cancha y explotara en la red contraria. El equipo mejoró. No fue gran cosa pero en cada jugada dejaron el mensaje certero de “para ganarnos nos tendrán que matar en la cancha” Las carencias de fútbol se suplieron con güeeeevos, que en muchas ocasiones cuando el talento escasea, es suficiente.

 

Teo y Chara gestaron la mejor de Junior que Bejarano atendió de forma impecable. El tiempo se consumía al ritmo cansino de los minutos cesantes.   No así la ilusión que sigue tan brillante como el primer día. El empate se antoja justo.  Ellos, que son claramente superiores, hoy sonríen por un plan perfecto. Lo que no saben es que tendrán que parir piñas para marcarnos un gol. Pues como dice el célebre escritor tulueño en medio de sus chocheras crónicas: “Quién quita que una chucha mate a un perro” No hay nada dicho y además, quién quita que el profesor Da Silva (Me pongo de pie, es un genio) logre sacar una par de gotas adicionales a esta nomina desnutrida.    

 

La noche termina con una sensación refrescante ajena para esta generación golpeada. Es la primera vez en ocho años, que podemos ver un partido en paz, sin la angustia de sentir el verdugo acechando. Es la primera vez en tanto tiempo que el resultado y el juego no son pasos repetidos a la desgracia y podemos dejar el futbol en la cancha sin llevarlo, entre reproches y lamentos, a la almohada y de allí al insomnio. Es una noche para brindar con el rostro lacerado pero altivo porque siempre estuvimos ahí. Siempre junto a América. Siempre.

 

PS: Hoy 27 de noviembre siempre será un buen momento para decir “Gracias Hernán Torres”. Nada de lo malo borrara el abrazo de las cinco de la tarde del año anterior. Gracias.

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

OCHO AÑOS Y UN SEGUNDO

 

En el mismo arco del año anterior, sin la angustia que paría su rostro, con el mismo cielo despejado y hermoso que acompañó ese recuerdo inmarcesible; el negro tomó el balón.  Casi un año pasó, de los ocho que duró esta agonía, para sentir aquella brizna de frescura que supone la salvación. Era una tarde, la de hoy, tan clara y suave como aquella del 97 y la de ese 27.   

 

El morocho levantó su mirada impulsado por el aliento delirante de miles y miles como usted y yo, señor hincha, que si está leyendo estas líneas a veces pretensiosas, es porque compartimos las mismas noches sin dormir y días sumidos en la más absoluta desesperanza buscando explicaciones a un presente majadero, que solo se hizo llevadero por el amor infinito a este color.  Inhaló, antes de poner el balón en el punto de los deseos, la última fumarada de ese aire grueso y tóxico que nos tocó.

 

Miró al arquero rival. Exhaló. Dio una vista de 180 grados al templo que reventaba en un rojo fantástico. La orden del juez no llegaba, pero no había impaciencia. El momento de dejar atrás el estrés de ocho años en los que perder un partido era una tragedia había llegado. El juez ordenó el cobro. El corazón intentó detenerse.  Inició su carrera casi en punta de pies, como introduciendo el lago de los cisnes. Avanzó un metro, luego dos más. Cubrió el balón son su sombra.

 

Parecía que los años de amargura, malas decisiones, lágrimas y golpes en el corazón quedarían sepultados en este instante. Es hora de las vueltas olímpicas, de pelear títulos y flamear de nuevo las banderas por toda Suramérica. El implacable tiempo se detuvo por un segundo… Martínez Borja llegó al balón dispuesto a entregar toda la bondad que sale de su pierna derecha. Abrió su pie…  

 

Es hora de sonreír amigo americano. Nos lo merecemos por tanto aguante, por tanta fidelidad. Por estar siempre junto al rojo y nunca fallarle en la peor de la historia. Sonría hermano de cancha y de locura, abrace a otro americano porque solo los que nos la bancamos sabemos el significado de este domingo. Sacúdalo y dígale que es verdad, que todo acabó, que no habrá más aspirinas, que vienen los caramelos. Comparta con otro escarlata esa lágrima de felicidad que atraviesa su rostro y el latir frenético de este corazón tan fuerte que si ocho años de desgracia no lo detuvieron, nada lo hará. El balón salió disparado rumbo a la red. La gente en la tribuna saltó y se abrazó en la víspera del gol; el negro no falla. Abracé a mi pequeño hijo confundido por la demencia de su padre, y le susurré al oído en un acto puro de educación sentimental – Gol, hijo. Pronto entenderás esta locura –   El balón cruzó el umbral que separa la alegría de la tristeza encontrando la suavidad de las piolas. La cancha se sacudió, el cielo tocó cada alma escarlata, la brisa tímida entonaba canciones del rojo mientras el corazón gritaba al compás del bombo, que somos de primera y que no importa lo que digan los demás. Apenas un segundo tardó el balón en entrar y sepultar por fin ocho años de dolor.

 

Un guaro, triple por favor. – Es hora de sonreír – Salud.

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

#EscritoConElAlma

 

¡AMÉRICA ES DE PRIMERA!

#EscritoConElAlma

 

Santafé tocaba y tocaba buscando el espacio que no encontró mientras América esperaba como ignorando el arco de Rufai que nunca visitó. La propuesta del rojo, excesivamente conservadora y por momentos tan confusa y disparatada como el “tifo” de la Guardia Albirroja,  se consumió los minutos  y por instantes prolongados la paciencia de quienes llegaron a la cancha entre aguaceros y esperanza.  Bejarano atajó dos, una de ellas brillante. El equipo cumplió con el cero. Pero… Pero.

 

Al finalizar el primer tiempo el salpicón de resultados de las otras plazas más algunos cálculos someros de matemáticos improvisados, arrojaban el mismo resultado a la ecuación: el empate era y seguiría siendo buen negocio.

 

Santafé mejoró y fue más incisivo mientras América seguía firme y aferrado al resultado. Parecía que el juego apenas se sufría en la tribuna porque en la cancha los de negro se veían inmensos y convencidos. Pero faltaba ambición. Ese empuje para romper el molde y buscar el gol que liquidara de una vez por todas esta angustia y poder gritar sin ninguna amenaza promedios absurdos: ¡AMÉRICA ES DE PRIMERA!

 

Los resultados no se estaban dando fuera del Campín… Un gol de América lo cambiaria todo.  En el fondo, por una vaga convicción que me acompaña siempre que me visto de rojo, sabía que el gol iba a llegar y que sería sublime celebrarlo en esta cancha llena de recuerdos. Sin embargo, era una realidad que no había como y que salvo una pelota quieta, el cero estaba firmado.

 

El juego agonizaba y tras un rebote que Bernal ganó y cedió a Arboleda sobre oriental con sur; el momento había llegado… Arboleda templó a ras de césped un centro brillante que ningún rival interceptó y que Rufai, mi querido Rufai, apenas vio pasar frente a sus ojos. Hérner se lanzó sobre el balón. El gol era una realidad. Podía sentir la paz de la permanencia y el susto de buena parte de los locales. El balón pasó y medio segundo después la pierna de Hérner. ¡Nooo! Qué cerca estuvo. Qué cerca.  Mientras refunfuñaba por la anterior, Arboleda recibió solo en el área y de nuevo la llama del gol se encendió.  Controló como Toloza en sus tiempos de rojo y perdió el rumbo de la jugada.  Sin embargo, el balón seguía en juego y Rufai arrolló al nuestro… – Peeeeeeeeenal – Nehh. Roldán no lo iba a pitar.

 

El juego terminó y la tensa calma que vivimos los americanos sigue reinando en el corazón y la mente. A pesar de los buenos resultados la cornisa sobre la que caminamos a tientas sigue agrietada.  Falta el último empujón. Los últimos 90 minutos, el último aliento. Será en dos semanas cuando la tabla de posiciones sea real, las diferencias estén claras y cuando 38 mil americanos griten al unísono como hace un año: ¡AMÉRICA ES DE PRIMERA! Hasta entonces, contaré los minutos en el reloj y los días en el calendario con la ansiedad propia de noviembre. ¡AMÉRICA ES DE PRIMERA!, lo sabe el mundo entero, el americano pura sangre y el desprevenido, los melancólicos de la estupidez y la amargura, el periodista, el vendedor de lechona, la reportera de labios carnosos  y el narrador. ¡AMÉRICA ES DE PRIMERA! Y punto. 

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

AMÉRICA Y SU GENTE

#EscritoConElAlma

 

América y su gente se encontraban en la víspera de una noche cargada de sensaciones y color. Juntos llegaron a la cancha para escribir sobre el lienzo de San Fernando un fragmento  pleno de emoción que liberara aquella carga que taladra el corazón angustiado.  ¡Vamos América! El día es hoy. Nos lo merecemos. Es la hora. ¡Vamos!

 

La noche silbaba con una melodía extraña. De esas que alguna vez recordarás y te arrebatará una sonrisa fugaz. Aquel sonido, mezclado con el aliento ensordecedor del pueblo, acompañó un balón que Hérner protegió con dedicación de padre. Luego de tenerlo a salvo lo entregó a Angulo que a lo lejos observó la figura pasmada de su colega de banda, y con una precisión absurda lo acomodó en su pie derecho.  Vélez lanzó al área una caricia que parecía perderse en la densa marea de un cortejo absurdo… Lizarazo, excediendo la perseverancia llegó con su pie izquierdo y con apenas un toque sutil, casi imperceptible, dejó el balón  al filo del gol entre la red, Martínez Borja y el grito contenido en la garganta. ¡Gooool! América y su gente saltaban, se abrazaban, reían, estiraban el grito de gol para hacerlo inmortal. América y su gente cantaban música de la popular que hervía y golpeaba con la fusta de su voz la necia incredulidad  de algunos. El Polilla cantaba el gol como un americano de los sesentas, como un goleador de los noventas y como un mártir de esta década. La felicidad invadió ese pedazo de cielo que se mecía y no paraba de rugir. Gracias por este momento América de mi vida.

 

Y luego, como si no hubiesen pasado 50 minutos de aquella descarga, el sentimiento escarlata estalló de nuevo y reventó lo que quedaba de noche. Olmes a punta de cojones consiguió un tiro de esquina. Botinelli cobró y Hérner, el capitán, ese que no arruga, el de los cierres trascendentales el noviembre pasado, se lanzó sobre el balón y sentenció en la red el destino de esta noche mágica.  ¡Gol! ¡Gol! ¡Gol! Un gol que estremeció la comisura del alma donde habita esta pasión desenfrenada.  América y su gente de nuevo juntos fundidos en  el abrazo más sincero de todos; el abrazo de gol.

 

Fueron brillantes. Dejaron todo en la cancha, se vaciaron. El Polilla tomó estos jugadores  y les impregnó mística de su raza, la uruguaya. Hizo de estos jugadores piezas de ajedrez y no simples fichas de madera. Llenó de confianza un camerino herido y mandó a la cancha con cada hombre vestido de rojo un manojo de güeeeevos  del tamaño de esta historia.  El rojo sostuvo la victoria y terminó el partido tocando con convicción abrumadora y entre paredes cortas esperó el final del juego que produjo la tercera erupción de la noche; ¡GANAMOS!

 

América  y su gente se debían un partido así para dejar claro que no habrá más desgracias porque las lágrimas se agotaron y el dolor fue superado. Ellos, América y su gente, merecen más alegrías, más noches como estas, más abrazos de gol. ¡Vamos América!

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

ENTRE REPROCHES Y ESPERANZA

#EscritoConElAlma

 

El rojo estaba en la cancha de Palmaseca. El corazón bombeaba sangre con mayor intensidad y los nervios crispados sacudían la extraña tranquilidad de la tarde. El balón ni siquiera había provocado la primera emoción cuando la tarjeta amarilla se elevó sobre Blanco. – Nos vamos a quedar con 10 — El clásico pintaba complejo.

 

Sin embargo no fue así.  América controló el juego y a su rival pero careció de profundidad. El partido digno del bostezo no fue más que un sancocho de patadas, faltas menudas y amarillas. Pero como el alma que se encuentra empeñada a un color no entiende de razones, cada pelota recuperada era un crédito extra en esto de la permanencia. ¡Que alguien patee al arco! Cada avance del rojo era una esperanza y cada pelotazo de Hérner, los impacientes disfrazamos de una oportunidad para volver a vivir. Así se fue el primer tiempo, con la tranquilidad del cero en el arco pero con la desesperanza de saber que no había con que anotar un golecito.

 

América intentó proponer un poco más pero sin patear al arco de un aquero que se comió cinco goles en una final.  No obstante, había una leve convicción que el gol iba a llegar y todo esto que estoy escribiendo se fuera a la mierda pues íbamos a ganar. Entonces, como una premonición, llegó un tiro libre que aguó el paladar de Angulo mientras caminaba desafiante al balón.  Los americanos agolpados en silencio en las tribunas ajenas preparaban la avalancha de camisetas blancas hacia a la cancha como en el tráiler del cortometraje de Artigas. Se podía sentir la angustia del vecino latiendo al compás que le marcaba la esperanza de los nuestros… Era gol. Era gol. La dicha inaplazable de ganar el clásico estaba en esa jugada. Era gol. Angulo, repleto de confianza y algo más, pateó el balón que lentamente se alejó persiguiendo el aroma de la red. Era gol. Pero el palo atrapó el grito encarnizado que preparaba esta alma peregrina y de paso sentenció el lánguido empate que no tuvo más para contar.

 

Entre reproches y esperanza creo y seguiré creyendo ciegamente en la permanencia hasta que no haya un ápice de esperanza. También sé que solo hasta el minuto 94 del partido con Bucaramanga podremos respirar tranquilos y disfrutar de una vez por todas del regreso  que tantas lágrimas costó. Hasta entonces, y mientras espero con ansías los resultados de mañana y el nuevo parto del miércoles, seguiré reprochando en silencio las malas decisiones, la tardanza en tomar algunas, los patacones que nos metieron, los puntos que miserablemente se fueron y los que de forma inexplicable no cobramos. Me cuesta explicarle al sensato que pocas veces se sienta a mi lado a escribir con el alma parrafadas llenas de esperanza, que a pesar de la buena gestión del profe Da Silva es posible que solo nos queden tres partidos en primera división.  A pesar de estar envueltos en un manto inmenso de esperanza, es inevitable pensar que pueda suceder.

 

Y la verdad, es escalofriante. 

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

 

 

PRONTO ESCAMPARÁ

#EscritoConElAlma

 

El cabezazo silenció la vida. Ese gol de Patriotas trajo a la cancha aquel aroma despreciable que nos persigue desde la horrible noche. El rojo jugaba mejor pero un descuido marcaba el camino de la angustia que debíamos recorrer  esta noche que se insinuaba horrible o tal vez maldita. América, preso de una angustia capital perdió los papeles, los espacios, la calma y con ello el partido emotivo que debía vencer en la cabeza: ¡Estamos en la ‘B’!…  El reloj frisaba el final del primer tiempo cuando de la nada García logró un penal. ¿Penal? ¡Penaaaaal!

 

Martínez Borja acomodó el balón y fijó la mirada desafiante sobre el arquero. Pensé lo peor. Que se lo iban a atajar. Que iba al palo. Que se iba a descachar… Respiré tratando de frenar el corazón. La excitación era tal que podía sentir la palpitación frenética de los riñones.  ¡GOOOOOL HIJUEPUTA!  El balón selló el gol que precedió un madrazo de felicidad.  ¡GOOOOOL HIJUEPUTA!   Vaya gol importante. Qué momento.

 

El alba del segundo tiempo trajo una descarga emocional difícil de describir. Blanco repleto de güeeeevos y compromiso encimó a un rival en su propio campo y rescató un balón que cayó en los pies de García. Ese, al que irresponsablemente llamaron ‘Usu’, lo llevó hasta el límite del área donde frenó y parecía perder el norte de la jugada. De la nada, como suceden los milagros inesperados al filo de la desgracia, cacheteó el balón con un desparpajo abrumador y en un segundo que fue un siglo, acarició la red haciendo de aquella agonía una borrasca de ilusión. ¡GOLAZO! Golazo América de mi vida. Vamos que juntos salimos de esta. Vamos que nunca estarás solo, rojo, rojo de mi vida. ¡Vamos, carajo!

 

De repente, América no solo estaba arriba en el marcador, además ganaba el partido emotivo, ese que no se juega con las piernas sino con la cabeza.  Ese que le da a un jugador la tranquilidad de lanzar un pase profundo con precisión de relojero. Ese tramo que permite a un jugador ganar un duelo en la línea y lanzar un centro escandalosamente preciso a la cabeza de un compañero que atacó la pelota con ferocidad, convicción, carácter y determinación para reventar la red contraria y provocar un éxtasis que solo entenderá el que saltó y gritó al cielo donde llegan las plegarias del diablo: ¡GOOOOL HIJUEPUTA!

 

Todo estaba en orden. La calma reinaba en la cancha y tribuna. Y una extraña sensación de paz invadió el corazón que se resiste a sufrir más. ¡Ganamos!

 

El día terminó como lo imaginé al despertar en la mañana lluviosa de hoy. Con esa sonrisa mágica que solo el rojo puede dibujar en el rostro de los americanos. Con los puntos en la bolsa y la ilusión radiante en el corazón. Cantando que soy del rojo y no me importa nada. Cantando que el sentimiento de ser escarlata me hace delirar. Cantando que para ser campeón hay que ganar. Imaginando que todo está por acabar y sonriendo feliz esperando que el sábado este equipo nos entregue la dicha inaplazable de ganar el clásico.  La lluvia arrecia. Redobla su intensidad, se oyen truenos; pronto escampará. ¡VAMOS AMÉRICA!

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

 

 

AMARGURA. . .

Bogotá, siempre bella, abrió sus brazos y vistió su mejor traje.  El frío y vértigo de la Atenas hicieron una pausa repentina para entregar su manto a un calor y sosiego peculiares. La ciudad se movió, Monserrate y Guadalupe parecían envueltos en una neblina roja y en las calles solo se escuchaba el eco resonante del dale rojo, dale. La noche impenetrable, sucumbió ante una avalancha de corazones palpitando juntos y las estrellas se perdieron en medio de las bengalas que llegaban al cielo disfrazado de rojo. La capital se estremeció.  Hervía en llamas de pasión. ¡América estaba en Bogotá!

 

Sin embargo todo aquello se esfumó.  Primero tratando de entender la herejía de iniciar con ocho jugadores para “defender” y casi ninguno para atacar a Tigres… A Tigres, maldita sea. Luego por una carencia absoluta de ambición y al final por el grito que la garganta no pudo parir cuando Martínez Borja peinó el balón que miserablemente no tocó la red.

 

El entrenador que desperdició 45 minutos valiosos en esto de pelear por la permanencia, metió la mano y de entrada movió el equipo que ligeramente mejoró su producción. Angulo por poco repite la pintura de Miami y Popayán pero de nuevo como minutos atrás, el gol apenas fue una ilusión óptica.   

 

¿Cuánto falta? — 30 minutos — Respondió una voz angustiada. El rival se quedaba con 10 y la tribuna elocuente e incansable gritaba como si de ello dependiera su vida: “Vamos rojo, vamos. Pongan güeeeevos, que ganaaaaaamos”

 

¡Paaaalo! No puede ser.  El equipo intentaba sostenido por el desorden propio de su angustia. El balón seguía asomando su nariz en el área rival pero la alegría no llegaba y la ansiedad desplazaba cualquier asomo de sensatez.   ¡Paaaalo! No puede ser. Cómo no entra, por Dios. Como quisiera escribir que esto es una joda y que el balón entró dos veces y que el equipo paseó a su rival ante la mirada orgullosa de su tribuna que alienta con devoción reverencial.  Pero no fue así. Por desgracia.

 

¿Cuánto falta? — Uno más la adición — Respondió una voz temblorosa. Nos salvamos y el juez levantó sus brazos para que corriera un airecito sepulcral en el corazón de los miles que dejamos todo por este color. ¡Perdimos! Y ojalá no tengamos que recordar este partido en  una noche de lamentos.

 

Al final no hubo alegría y las caras largas desplazaron los rostros radiantes que horas atrás llegaron a la cancha. Al final no hubo éxtasis. Al final solo reproches. Ya escuché por ahí en pasillos que “15 de 15”.  Que faltan cinco finales y que vamos a muerte. ¡Por qué no fuimos a muerte hoy, carajo! ¡Por qué no jugamos esta recocha como una final, carajo! También escuché con dolor que mientras hayan matemáticas hay esperanza; y mientras escuchaba esa frase tan desoladora como un “Si se puede” vino a mi mente algo que escribí varias veces en un libro cuando estaba preso en las cloacas de la ‘B’: Cuando las matemáticas entran es porque el fútbol y los güeeeevos se han ido, o peor en este caso, nunca llegaron.  Amargura titulé esta reseña porque así me siento y porque el título original no me lo hubiera perdonado jamás.

 

¡Vamos América! 

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226