EL FRIO DE UNA NOCHE HELADA

Armani voló replicando la atajada de Bejarano. Los rojos ceñidos al guion preparado se agruparon en un sector de la cancha, agazapados, esperado la falla del local que no encontraba el camino. La lluvia hacia más clásico el clásico y Martínez Borja luchaba con Henríquez. La tensión era evidente. La acción caía sobre los arcos como cierta premonición y los balones llovían sobre las áreas. El gol no asomaba como si lo hacia la ansiedad que crecía exponencialmente.

 

El equipo jugaba bien, hasta se veía mejor por instantes.  A la distancia, el pueblo que desde temprano vistió su camiseta de cábala, cantó canciones del rojo, leyó periódicos antiguos de tiempos mejores y regocijó el alma con imágenes que no se borran del álbum del orgullo, germinó en el frio de una noche helada la certidumbre de lograr la victoria.  Ni siquiera un autogol de Angulo silenció esa convicción.  – Desgraciados tan de buenas – Luego Cortés la tuvo de frente, diáfana, con más arco que tribuna en su vista y… – Desgraciados tan de buenas –

 

Entonces, vino el temor.  El recelo infundado de no lograr la constancia suficiente para llevar el laurel de vuelta a casa. El esfuerzo del primer tiempo empezaba deteriorar el corazón del medio campo donde las arterias se tornaban insuficientes. Algunos dejaron de correr para trotar forzados por el rigor del juego y con ello las grietas que no tardaron en surgir. Entonces, la Virgen del Carmen que el profesor Torres adora, volvió a aparecer envuelta en un manto rojo que dejó al rival con 10 por tercera vez en este campeonato.

 

– A ver si esta vez aprovechamos –

 

El rival lejos de encerrarse a cuidar la victoria, en una acción suicida adelantó a sus hombres y presionó, sí, presionó la quebradiza línea defensiva de América. El rival lejos de pelotear y lanzar el balón a las comunas tocó y tocó hasta encontrar alguna falta que les diera respiro. El rojo, nervioso, impotente y débil no encontró la pelota y solo se sacudió con un remate al palo de Botinelli.  El frio de una noche helada cerró su arrebato cuando el local marcó el segundo que terminó en las manos dobladas de Bejarano con una cadena de errores propia de jugadores superados en cancha. Perdimos y nos merecemos el coro doloroso que terminó arrullando la noche de los antioqueños.  Listo, nos ganaron bien.

 

Me voy a dormir ligeramente tranquilo por una gran parte del partido y del juego del equipo. Pero me voy absolutamente emputado porque es el tercer equipo con 10 jugadores por más de 25 minutos al que no somos capaces de fingir que le queremos marcar un gol. Me voy a dormir colérico porque las malas decisiones se llevan a la mismísima porra los punticos que nos han de sacar de este atolladero putrefacto. Dormiré con el clásico sabroso entre el más grande y el más popular en mi cabeza, repasando lo que mi juicio no deja pasar en el frio de una noche helada y esperando en la insaciable rutina del hincha del más popular, que Jaguares no sume mañana en Bogotá. Triste pero real. Así es y así estaremos hasta la fecha 19 o 20 de este calvario que dizque íbamos a poner en orden. ‘Ja’.

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

NO SOLO VINE A ALENTAR

No solo vine a alentar y gritar con el alma “Dale rojo dale”.  También estoy aquí para recoger los restos de aquel moribundo empapado hasta los huesos, que el sábado del robo inmisericorde quedó sepultado en algún lugar de occidental, cuando Níver Arango pateó la segunda sentencia de una condena que durante un lustro pareció perpetua.

 

No solo vine a alentar y gritar “Rojo de mi vida no me falles”. Asimismo, vine a ver un equipo sin alma que no encuentra el balón y se sacude en una impotencia que rima a la perfección con el silbido sentido que sale de una tribuna golpeada. Vine a ver a Martínez Borja regresar de la patada del troglodita Mera y meter lo que sus compañeros extraviaron en algún lugar de la ruta Cali – Barranquilla, y jugar lo que al parecer se les olvidó.  Luego, recibió un balón que parecía rendido a su pie derecho y tras un movimiento perfecto, preciso, divino, un giro como de caja musical, pateó de zurda el balón con el perfume celestial que solo sale de sus pies y lo puso en la red, en el ángulo y con esmero en el corazón de cada americano feliz. ¡Golazo por Dios!

 

No solo vine a alentar y buscar la paz extraviada desde Equidad, Montería y Pasto. Vine a ver un tiro de bayoneta que salió de la cabeza de Vélez y finalizó en la red. Lamentablemente la alegría de un 2-0 más largo que el merecimiento, fue efímera pues 120 segundos después un gol infame del rival dejó todo en la honda angustia que hoy supone ver jugar a América.

 

No solo vine a alentar. Vine a ver un segundo tiempo pálido y a mi equipo languidecer con el paso de los minutos que se rehusaban a llegar a la cima de los 90.  Y a su entrenador respetando el postulado tan atroz como sincero que lanzó en Montería después de semejante botín. El juego terminó con el acostumbrado barniz de zozobra. Petrolera acechando y el rojo aguantando. Por fortuna el alma del equipo estaba en cancha y sin más respaldo que la mirada fascinada de sus compañeros, con sus extremidades, esternón y espinazo, Martínez Borja aguantó los últimos minutos para saltar y gritar que volvimos a ganar.

 

No solo vine a alentar y ejercer mi derecho a ser feliz.  También lo hice para explicarle a esta alma vagabunda llena de temores y espantos, que este amor siempre será más fuerte y por más que me sugiera desgracias anunciadas y me susurre que falle y no vuelva, nunca le fallaré a esta razón de vivir llamada América de Cali. ¡Vamos América!

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

 

EL TELEGRAMA

 

Corría el minuto 43 de un primer tiempo parco cuando el juez central levantó sobre Javier Reina una tarjeta roja con un telegrama en su envés que decía:

 

“Sr Torres: No se vaya a arrugar. El sábado pasado fueron 30 minutos con un hombre más, hoy serán 45. No se vaya a arrugar. Aproveche”

 

El equipo que debió iniciar el segundo tiempo con una actitud arrasadora de nuevo fue inferior a la responsabilidad. Salieron indiferentes. Bernal perdió un balón en salida, Bejarano atajó pero los auxilios no llegaron y en medio de dos centrales desorbitados, Ramírez introdujo el puñal en las carnes de la mediocridad. Gol. Un frío sepulcral con aroma a lunes por la noche invadió el corazón de los que en verdad sienten la camiseta, no el de esos irresponsables que llevan sus problemas a la cancha y justifican el fin con los medios. No intentaron, el mensaje dejó de llegarles hace mucho rato. No se esforzaron, corrían como un cuadrúpedo con la cola pisada.

 

La pereza crecía exponencialmente mientras los minutos pasaban y en el fondo sabíamos que no había carácter para revertir este domingo negro. Como buenos ebanistas, dos de los jugadores grandes de la plantilla forzaron su expulsión aun sabiendo que el juez compensaría. La noche que no iba a ser tranquila para el americano, lanzó el segundo telegrama con solo cinco letras y una tilde, que llegó hasta el banco de suplentes donde el profesor Torres yacía como un ser sin más razones para seguir que su propia terquedad:

“Cajón”

 

No hay derecho. Estamos en un presente que nos empuja con golpes suaves y constantes hacia un pasado reciente que no tiene piedad alguna. No es justo que jueguen con la hinchada de esta forma ruin.  No es justo que nos tengan peleando la permanencia en estas condiciones y que fecha tras fecha sea lo mismo, que nada cambie. Que las variantes sean un repertorio viejo. Que el fútbol de América siga siendo la misma mesa coja de su pata izquierda y que la cuña desgastada sea la misma. Que no le tiren un centro a un delantero. Que no se les caiga una idea. ¡REACCIONEN!

 

El partido terminó ante la frustración de millones de americanos heridos por la indolencia manifiesta y el dolor de recibir en su corazón golpeado el ultimó telegrama de una jornada escasa de palabras, fútbol y güeeeevos:

 

“Sr hincha. Sírvase recordar que Umaña les entregó el último título pero también clavó los primeras clavos certeros del ataúd que cargaron el 17-12. No lo olviden nunca”

 

No solo de agradecimientos se mantiene a categoría. O trabajan y se rompen la piel ganando partidos o nos vamos llenos de gratitud al hueco de donde seguramente no saldremos jamás. ¡REACCIONEN!, caraduras.

 

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

OTRA TARDE CORDOBESA

 

Ni siquiera han pasado dos minutos y la agonía adornada de frustración se aloja en el corazón escarlata.  Palazo.

 

Llegada de Jaguares. El rojo no encontraba el balón y lucía entrapado en una esponja impenetrable de pereza. El juego del equipo, que no justifica tanta labia, entreno y concentración, se redujo a la siguiente secuencia. Lea atentamente por favor: Castañeda toca el balón a Cortés. Cortés a Castañeda. Castañeda a Angulo. Angulo a Vásquez. Vásquez a Castañeda. Castañeda a Blanco que le devuelve el balón. (BIS). Jaguares presiona, roba el balón en alguna escala de ese guion perverso y llega con peligro.  25 minutos envueltos en ese mejunje lastimero. De arepa no nos marcaron el primero. El equipo se sacudió (creímos los inocentes) y Fernández estrelló un balón en el pecho del arquero… Uff. Casi. Qué lejos estábamos de imaginar que ese sería el único disparo al arco y la única migaja de ambición de una tarde que en la previa dibujamos como mágica en el absurdo imaginario que no paramos de llenar con ilusiones vagas.

 

El primer tiempo se acabó y consigo la idea de cicatrizar la herida repelente de aquella tarde de 2014. La verdad, solo un milagro evitaría la derrota. Entonces, el fútbol y el destino mismo que pone todo en su lugar, lanzaron desde los burladeros del redondel de arena la señal que habría de poner las cosas en su lugar: Tarjeta roja para un jugador rival. ¡Vamos! Un papayazo apenas comparable con el doble penal que Balbis y Bermúdez tuvieron en la semifinal con Newell’s.  ¡Vamos! Nada pasó. Lamentablemente el equipo no tuvo carácter, gallardía ni ambición para ir por el resultado.

 

¡Cómo te vas a ahuevar América! ¡Cómo no te le vas encima a tu rival directo, sí, rival directo, al que le puedes poner cuatro puntos por encima y que jugó 30 minutos con 10 jugadores absolutamente agotados! ¡Cómo te vas a cagar en el sentimiento de la gente! ¡Cómo coños no buscas soluciones, Torres! ¡Cómo carajos nos vendes humo con un equipo que no arma ni siquiera un chisme! Cómo te pasas 97 minutos sin patear al arco… Hagan algo. Hagan algo que estamos caminando a tientas por una cornisa.  Es el descenso el que abre sus fauces garosas después de una recocha como esta. La ‘B’, maldita sea. ¿No entienden lo que se están jugando? Es el descenso, la peor desgracia que puede suceder en el futbol.  ¿No entienden lo que se juegan?

 

El juego del rojo, jeroglífico como el mensaje de su consumido entrenador y pálido como una llama reseca, no apareció en esta tarde cordobesa cada vez más siniestra. De nada sirve el empuje de un pueblo comprometido si los que definen no tienen las agallas para responder. Esto no es de fútbol,  a este cuento de novicias rebeldes le faltan fragmentos, aquí debe estar pasando algo que no nos quieren contar. Me resisto a creer que Torres no vea lo evidente y  que a muchos se les olvide la ruta del juego que les da de comer. Fin del partido allá en Córdoba donde se cuecen tardes lúgubres para los americanos, y donde algunos majaderos hoy festejaron un punto amparados en la cínica premisa de no perder.

 

Termino de escribir este texto. Me persigno.

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

#EscritoConElAlma

DOMINGO DE TERQUEDAD

Dicen en este mundo abstracto del fútbol; “Equipo que gana no se cambia”. Y tal vez tengan razón, tal vez. Hoy, y luego de comerse un baile inmarcesible que todavía sacude los titulares de El Heraldo y que hierve aún en el hígado del hincha; América, con la necesidad hecha obligación de ganar por aquello que llaman promedio, saltó a la cancha con la misma nómina que estuvo cerca de comerse siete goles en el Metro. Entonces, “Equipo goleado, vapuleado y reducido a su mínima expresión, tampoco se cambia” Qué postulado macabro.

 

El juego de América empezó a ser predecible como las maneras de su entrenador. El colectivo no asoma y el peso individual no se muestra decisivo como en los primeros 200 minutos de este semestre. Con todo eso y la carga que supone repetir un once goleado, el equipo creó un par de ocasiones que no atendieron la red. Sin embargo, el rojo fue insípido, desaborido, insulso y no trasmitió emociones al cabo de 45 minutos. Y para rematar, algo untados de boñiga y con el agua lejos, penal para Equidad… Amo a Bejarano.  Tiene separado en mi corazón de hincha un espacio especial, siempre que lo veo intento saludarlo para enseñarle un rostro americano de sincero agradecimiento. Lo respeto profundamente, pero rara vez coge un penal. Gol de Equidad.

 

El equipo siguió enredado y sumido en un sopor maldito. La tribuna oriental que prestó sus sillas a los sancionados rugía pidiendo güeeeevos güeeeevos y bramaba exigiendo al equipo que se moviera, que dejara de joder. El equipo metió pero el empuje se ocultó tras la falda de la impaciencia.  Los cambios apenas refrescaron el desorden porque no aportaron la lucidez esperada. El reloj avanzó vehemente frente a la mirada pasmosa de entrenador y jugadores, y asaltó la paz perdida del hincha que buscaba explicaciones en el techo azul y en la tabla del promedio. 80 minutos hoy más 24 partidos y seguimos viendo de cerca la bruma y sintiendo el acechante frio de las cloacas. Escalofriante. – Esto apenas comienza – Dicen algunos.

 

Brayan Angulo que entró como solución, se comió el empate que a esa hora se antojaba como un rubí. El reloj seguía implacable.  Olmes García se pasó la tarde corriendo y meneando la cintura como huyéndole al juego. Es un jugador livianito para rematar partidos definidos o jugar copa, no para ser titular y aguantarlo con terquedad de yegua.  Sobre el final recibió una falta penal compensando su inocente falla en el de Equidad y cubriendo a la vista de ciegos un partido horrible.  Silva tomó el balón con la responsabilidad poner un punto sobre Jaguares y “Booom” adentro. Gol.

 

– Acábalo juez –  No hay más para contar hoy. Todo quedó en la retina y en la gaveta donde archivamos con rabia y desazón una hoja arrugada con el resumen de un domingo parco y vacío, un domingo cásico de entrenador, un domingo de terquedad.

 

Este equipo desaceitado de hoy y con la confianza agrietada debe viajar a Montería y enfrentar a Jaguares el sábado en horario de corraleja. Allá hay una letra por cobrar. Hay que recoger unas migajas de dignidad que algunos pusilánimes empeñaron de forma ruin.  Para quienes sentimos esta camiseta en el alma porque no nos hicimos hinchas a los diez o a los doce años, o fuimos criados por una generación de triunfos, para nosotros que somos hinchas desde el génesis, desde la primera canción de cuna, sabemos que ese partido del sábado hay que ganarlo. No solo por esa tabla desgraciada sino por el orgullo y la resaca de esa misteriosa tarde cordobesa.  Que sea un sábado de coherencia y no uno de terquedad como el domingo que acaba de partir. Amén.

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

#EscritoConElAlma

EL ARROYO DE LA 21

Hay partidos que retan a un entrenador a dejar en salmuera sus convicciones y optar por la sencilla.  Son esos juegos, que pueden ser memorables o simplemente se pueden convertir en pesadilla.  Hay partidos para jugarlos sin delanteros o con tres. Sin laterales, o centrales, uno o dos de recuperación, qué voy a saber yo que soy un simple peregrino. Pero el de hoy, que en la víspera nos dio la señal, el de esta noche llena de espectros en Barraquilla era para jugarlo con marca, ¡Con marquita mijo! Con dos volantes bravos, sanguíneos…

 

El equipo que inicio ligeramente bien empezó a sucumbir por la arremetida violenta del rival que copó cada hebra del hermoso césped del Metro.  A la defensa le quemaba el balón. El de marca perseguía, estéril, a los rivales. Arboleda y los de adelante naufragaron. El equipo no asimiló un gol de Junior y cayó sometido por la fuerza del rival y sus propias debilidades…. La sencilla profe Torres. La sencilla.

 

El segundo tiempo inició y el equipo no cambió. La zona franca que supone un lateral izquierdo como el que tenemos, de nuevo fue aprovechada por una fiera que recibió en una soledad aterradora y con convicción solemne marcó el segundo. ¡Vamos América! ¡Vaaaaamos! Sin embargo, el equipo seguía sometido. – Nos van a golear – Pensé.  Parecía que Junior estuviera jugando con doce o trece. Y Chará que hizo lo que se dio la puñetera voluntad, arrumó  a seis de los nuestros y asistió a Gutierrez que marcó el tercero.  Solo ahí, con el agua al cuello, con la humillación a punto de parir en los brazos de una goleada.  Solo en ese momento tétrico, cuando el arroyo feroz de la 21 ya había devastado las ilusiones de buen juego y un puntico.  Solo ahí, cuando el equipo se revolvía con los escombros que llegan al rio arrasados por el arroyo, solo ahí, en ese instante yermo, el profe Torres metió mano. – Ya pa’ qué – pensé.

 

Gutiérrez golpeó con la mala leche que lo caracteriza y nadie lo encaró. Chará  jugó a placer y ni una patadita para ablandar. Ovelar abrió los brazos y nadie se los bajó de un manotazo. No solo ganaron bien jugando fútbol, también ganaron de bravos y eso sí que es doloroso.  Más cambios y con ellos opciones de gol perdidas por el rival. Nos salvamos de media docena hasta que por fin Roldán levantó los brazos y acabó con esta murga. Nos ganaron muy bien. Nos pasaron por encima como el arroyo de la 21 lo hace con los inadvertidos que pasar por ahí.  Y eso fue América esta noche, un desprevenido y confiado que hizo caso omiso a las lluvias y truenos que precedieron el arroyo que al final lo arrastró.

 

Estoy absolutamente seguro que este equipo ganará más partidos de los que perderá y será protagonista, pero hay que tomar medidas, no dar papaya y extremar precauciones para juegos como el de hoy. En la nómina hay suficientes jugadores que pueden dar una mano en partidos como este. Hay que pasar la página sin omitir el baile que nos comimos esta noche terrible que tendremos que borrar el próximo domingo porque vamos a ganar, no tengo duda.            

 

Saludos y gracias por leer estas líneas

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

#EscritoConElAlma

 

UN GUARO, POR FAVOR.

El sosiego que brindaba una noche espesa de pocas emociones pero mucho control, se fue al piso con dos remates peligrosos de Carrascal que provocaron un feo punzón en el pecho.  El rojo que fingía controlar el juego, ignoró ese paréntesis casi majadero y volvió a la carga, encima de su rival como en la alborada del juego.

 

Lizarazo lanzó un tiro de esquina que el equipo logró a punta de esmero y dedicación.  La defensa rival lo evacuó y Angulo lo regresó al balcón del área donde Arboleda saltó cuan largo es para sostenerse por un instante mágico abrazado por la brisa de San Fernando. Fue un salto imponente dedicado a los incrédulos y parlanchines. Tocó el balón con la cabeza envuelta en el pelambre para luego dibujar con un bote en el área una asistencia primaveral que Fernández repleto de convicción, lanzó a la red provocando un estridente grito de gol que aún resuena en sur. 

 

La noche no volvió a ser la misma.  El rojo encontró el camino tras el gol del paraguayo, la excesiva precisión de Botinelli y el fútbol eficiente de Arboleda y Vásquez. ¡Qué bien América! Y al cabo de diez minutos, cuando el gol aun retumbaba en el miocardio, y la sonrisa infinita se prolongaba, el equipo selló un instante mágico con otro boceto de perfección. El lateral invertido tocó. El zurdo de creación pasó. El argentino indicó el camino que Arboleda interpretó con un pase exquisito que el otro lateral disfrazado de puntero recibió y acomodó a su pie derecho. (Hasta ahí ya era un jugada de colección) Angulo, lanzó un centro rasante que engañó a su marcador y que Fernández anticipó para desviarlo a la red donde quedó envuelto en una sábana con letras doradas que dicen “Golazo”.  Qué belleza, por Dios.

 

Había que saltar. Había que gritar ¡Queso! ¡Queso! Había que abrazar a otro americano. Había que gritar ¡Rojo! ¡Rojo!  Había que mirar al cielo y grabar en la memoria ese instante. Había que aplaudir y agitar el tórax gritando ¡Vaaaaaamos América!

 

El equipo refugiado en las órdenes de su entrenador entregó el balón y la iniciativa al rival pero conservó el control y la ventaja.  – ¡Ehhh! – Más de la cuenta para mi gusto. El segundo tiempo fue un amasijo denso.  García, Angulo y Bernal llegaron de la banca que solía ser un desierto desolador y ahora es un manantial de soluciones.  El equipo se sacudía un poco y sobre el final impuso de nuevo condiciones sobre un moribundo rival.  Angulo, al límite del área rival filtró un pelota como rara vez lo hizo en sus tiempos de titular… García la persiguió y sacó un sablazo que se acomodó con precisión y violencia en el espacio donde cualquier remate deja de serlo para reclamar derechos de golazo. Qué zapatazo, por Dios. Después de semejante gol y de una presentación como esta, lo único que le faltaba a este pedazo de noche para ser perfecta era un guaro.   

 

Un guaro por favor que ganamos. – Salud –

 

La noche que inició temprano empieza a dejar su estela al amanecer. Y en medio de ella, como noctámbulos felices, estamos los americanos regados por el país delirando por la victoria y la tranquilidad de saber que hay con que salir de la vuelta incomoda y pelear  una vuelta más.  Un guaro por favor que acompañe este instante feliz entre hermanos de camiseta y pasión. Un guaro para hablar y hablar de América mientras recordamos con una gesto de satisfacción los tres derechazos que sentenciaron la felicidad de un sábado joven de julio. Salud.            

 

Saludos y gracias por leer estas líneas

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

#EscritoConElAlma

¡PRESENTE!, CARAJO.

 

El primer tiempo se fue dejando una ligera sensación de ansiedad. Parecía que el rojo era superior pero no lo suficiente para anotar y destrabar esa impaciencia enquistada. A esperar quince minutos y algunos segundos para ver de nuevo al equipo y encontrar en un abrazo esquivo el gol que vinimos a buscar. La tarde empezaba a apagarse.

 

El equipo que lució sobrio dejó los recaudos y aceleró un poco. Entendiendo que podía ganar y que como tal, era un imperativo. Angulo llegó al límite de la cancha y sacó rastrillando el césped con su pierna derecha, un centro que se elevó hasta la cabeza de Fernández… Increíble. Su rostro, el de un goleador, describía la solemnidad del momento. Se lo comió.

 

Sin embargo, este equipo que pretende ser un hervidero de alegrías para un pueblo delirante, encontró una jugada de esas que hacen posible la vida de un escritor. Desde la esquina Botinelli templó al área lo que parecía ser un centro. El portero rechazó. Arboleda, el mismo que tanta crítica se ha comido, sin dejarla caer como en un cuento de Fontanarrosa, impactó el balón que raudo y sin explicación posible se estrelló en la base del palo. — UFF –Siguiendo un libreto divino, créame no hay otra tesis, el balón reposó manso sobre el pie derecho de Botinelli que levantó la mirada y lanzó al área lo que parecía ser un centro, pero que resultó ser un hechizo que Fernández desvió con mucho oficio y una ligera caricia, allá, a la red pequeña, donde aún reposa esa pelota que no ha parado de girar. – Pero qué gol por Dios – ¡Golazo! Qué gran gol marcó América.

 

El gol fue una inyección de vitalidad.  Los nuestros fueron incansables en cada pelota dividida. Aquellos que parecían agotados lucían enteros.  El banco se movió.  La pirotecnia que brotaba de la tribuna en pequeñas ráfagas de color encendía tímidamente la noche que caía sin querer sobre las montañas de Antioquia.  Lizarazo, se echó el equipo a sus hombros. Manejó el tiempo de cada jugada propia y ajena.  Pidió el balón, lo entregó y lo volvió a pedir. La victoria justa era inminente y no resiste ningún reproche ni atenuante.  Este equipo que es la vida misma hoy levanta el brazo diciendo “¡Presente!, carajo” Acá esta América de Cali.  El único pentacampeón de este país. ¡Ganamos!  

 

De todas las razones que hay para ser feliz siempre elijo, y seguramente le ocurre a usted también,  la más compleja pero la más bella de todas.  Elijo esperar, amparado en esta pasión infinita, una victoria que trace en mi rostro un barniz de alegría y una sonrisa sincera, casi perfecta,  como la que acompaña el final de esta reseña. Gracias rojo querido. Gracias América por esta victoria.  Gracias por este inicio de semana tan esperado. Y gracias, de antemano por las alegrías que vendrán    .            

 

Saludos y gracias por leer estas líneas

 

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

#EscritoConElAlma

DAVID, SIEMPRE DAVID.

Estas letras debieron quedar plasmadas hace doce años cuando el corazón afligido decía adiós a una estrella. Cuando de nuevo la camiseta número 8 quedaba huérfana y el talento buscaba nuevos retos y aventuras.  Estas letras pretenciosas debieron expresarle en aquel instante todo el cariño que le tenemos a aquel de 1.65 que entregó todo vestido de rojo.

 

Recuerdo aquel gol primoroso contra Huila. El baile al Chicho Serna que lo hizo considerar su retiro.  La gambeta larga que Cambindo se quedó sin descifrar y el caño a Bélmer Aguilar en Bogotá. O la noche que cinco jugadores de Peñarol presos de una impotencia abismal lo molieron a zapato, literal, en 45 minutos le hicieron 14 faltas.  – Era la única forma de detenerlo – Confesó Cedrés.

 

Partió pero dijo que volvería y durante una década, mientras a esta parroquia en ruinas llegaban las noticias de sus gestas en Brasil, Arabia y Estados Unidos, anhelábamos su regreso así solo pensarlo fuera una utopía. Sin embargo la esperanza de verlo de rojo nunca se apagó como si lo hizo el equipo que cayó en la peor desgracia.

 

¡Volvió! Aunque la verdad, nunca se fue.

 

Con su vida resuelta y el amor por un terruño donde forjó el talento que lo llevó a recorrer el mundo, regreso por la camiseta del tricampeonato que defendió con cada centímetro de su humanidad.  El momento, el tiempo de Dios del que hablan los creyentes había llegado. El gran David estaba de vuelta.  – Díganme cuanto me pueden pagar –  Firmó. Llegó a Cascajal. Pidió su camiseta y se entrenó con la misma energía de aquel muchacho desgarbado que llegó de Cartagena con el nuevo milenio.

 

En mayo de 2016 encontró de nuevo el gol con su camiseta: (…) Allí, sobre el punto de las emociones, David estiró su corta pierna izquierda, con ella recogió la canica y la desplazó sutil y hermosa hacia la derecha, y cayéndose, como en aquel gol frente al Huila, cambió un par de toques por el grito que necesitaba.  ¡GOOOOOL! Orgulloso, golpeando con sus dos puños la brisa irreverente de la noche, descansó, acarició el sonido estridente de un gol suyo; sintió de nuevo el gol con la 8 del rojo.

 

Le costó el regreso pero fue vital tras bambalinas en la campaña del ascenso.  Poco jugó pero su liderazgo alumbró el sombrío camino de vuelta a primera. No quedó en las fotos de la tarde del 27 pero en los negativos de ese álbum majestuoso su figura fue vital.  Volvió para ser campeón, una sana costumbre para él. David, siempre David. Hoy que se marcha de forma definitiva, el corazón un poco más maduro y visiblemente más golpeado siente una aflicción similar al primer adiós. Pero esta vez con una nostalgia mayúscula pues sabe que no habrá otro regreso. Esta vez la despedida es más sentida porque el número ocho no volverá a reposar sobre la espalda del gran David. Hasta siempre Ferreira. Y será hasta siempre porque los ídolos viven en el recuerdo entrañable de su gente y este pueblo que disfrutó todo el néctar de su fútbol jamás lo olvidará, porque siempre será David. ¡Gracias infinitas!

 

Saludos y gracias por leer estas líneas.

 

MAURICIO BERMÚDEZ — @MBER226

 

#EscritoConElAlma

GRACIAS TECLA

Llegó en silencio. Sin las pretensiones que muchas veces preceden al fracaso. Poco corría. Poco hablaba. El eco estremecedor de los goles que falló en Avellanada y los que nunca marcó en Danubio y Cruzeiro más el lamentable América de Velasco, afianzaban la idea que nada pasaría con él. El rojo seguía sumido en las cloacas infinitas de la ‘B’.

 

Los goles llegaron al tiempo con los güeeeevos que parecían brotar de un manantial infinito de pundonor.  Pero no solo fueron los goles lo que cautivó al incrédulo hincha americano cansado de tanto mercenario sin sangre en la cara. El carácter, la entrega durante 96 minutos, la valentía, el amor por una camiseta que no tenía por qué sentir pero que siempre defendió con fiereza.

 

Se hizo capitán de un barco al filo del naufragio.  Siempre puso el pecho y nunca “tribuneó”.  Cada aplauso, cada abrazo, cada agradecimiento se lo ganó sin la necedad de la lengua o del beso al escudo. Se abrió un espacio antes de cada juego ¡TECLA! – ¡TECLA! – ¡TECLA! – ¡TECLA!  Y como una bestia divina caída del olimpo respondía en la cancha. Nunca arrugó. Tal vez porque ellos, los de ese linaje no saben conjugar ese verbo.

 

Su puño en alto, su rostro satisfecho. El gol dibujado en su sonrisa.  Su voz pausada, su cabello a medio hacer.  La banda de capitán. El número 9 en su espalda.  Su camiseta transparente de tanto sudor, la modestia del jugador consagrado. El gol, los güeeeevos, la lesión. El objetivo por cumplir.

 

“En Cartagena, cuando deshojábamos calendarios en busca del 27, marcó un gol que desvió el oleaje de la boquilla”

 

Aquella tarde de domingo cuando la metáfora de la caldera del diablo se hizo realidad, ese argentino verraco al que alguna vez por el fragor desdichado de la ‘B’ lo llamé ex jugador y mil veces le he pedido perdón, ese macho que pelea cada pelota como el alma del barrio, bajó el balón con una categoría exclusiva, lo durmió en su pecho y en un segundo que fue una eternidad, la pelota reposó sobre su guayo izquierdo convertido en una joya de museo, y cayéndose tocó el balón que atendiendo una orden divina, estrelló su redondez con la red, la infló, literal… Goool. Gool. ¡Gooool! (…)

 

Se va el hombre que desempolvó y escribió un capitulo épico en aquel viejo libro donde reposan gestas de grandes hombres vestidos de rojo.  Se va con su recuerdo perenne en el corazón de esta hinchada que se resiste a la noticia.  Se va como el hombre que llegó en el peor momento de nuestra historia para acabar con el dolor. Se va Ernesto Farías, el Tecla.  Parte con un lugar en la historia de este club que nadie ni ninguna decisión o capricho pueden borrar.

 

Muchas gracias por todo. Por enseñarnos que la gloria vale más que el dinero.

 

#GraciasTecla

 

Saludos y gracias por leer estas líneas

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226