Llegó en silencio. Sin las pretensiones que muchas veces preceden al fracaso. Poco corría. Poco hablaba. El eco estremecedor de los goles que falló en Avellanada y los que nunca marcó en Danubio y Cruzeiro más el lamentable América de Velasco, afianzaban la idea que nada pasaría con él. El rojo seguía sumido en las cloacas infinitas de la ‘B’.

Los goles llegaron al tiempo con los güeeeevos que parecían brotar de un manantial infinito de pundonor.  Pero no solo fueron los goles lo que cautivó al incrédulo hincha americano cansado de tanto mercenario sin sangre en la cara. El carácter, la entrega durante 96 minutos, la valentía, el amor por una camiseta que no tenía por qué sentir pero que siempre defendió con fiereza.

Se hizo capitán de un barco al filo del naufragio.  Siempre puso el pecho y nunca “tribuneó”.  Cada aplauso, cada abrazo, cada agradecimiento se lo ganó sin la necedad de la lengua o del beso al escudo. Se abrió un espacio antes de cada juego ¡TECLA! – ¡TECLA! – ¡TECLA! – ¡TECLA!  Y como una bestia divina caída del olimpo respondía en la cancha. Nunca arrugó. Tal vez porque ellos, los de ese linaje no saben conjugar ese verbo.

Su puño en alto, su rostro satisfecho. El gol dibujado en su sonrisa.  Su voz pausada, su cabello a medio hacer.  La banda de capitán. El número 9 en su espalda.  Su camiseta transparente de tanto sudor, la modestia del jugador consagrado. El gol, los güeeeevos, la lesión. El objetivo por cumplir.

“En Cartagena, cuando deshojábamos calendarios en busca del 27, marcó un gol que desvió el oleaje de la boquilla”

Aquella tarde de domingo cuando la metáfora de la caldera del diablo se hizo realidad, ese argentino verraco al que alguna vez por el fragor desdichado de la ‘B’ lo llamé ex jugador y mil veces le he pedido perdón, ese macho que pelea cada pelota como el alma del barrio, bajó el balón con una categoría exclusiva, lo durmió en su pecho y en un segundo que fue una eternidad, la pelota reposó sobre su guayo izquierdo convertido en una joya de museo, y cayéndose tocó el balón que atendiendo una orden divina, estrelló su redondez con la red, la infló, literal… Goool. Gool. ¡Gooool! (…)

Se va el hombre que desempolvó y escribió un capitulo épico en aquel viejo libro donde reposan gestas de grandes hombres vestidos de rojo.  Se va con su recuerdo perenne en el corazón de esta hinchada que se resiste a la noticia.  Se va como el hombre que llegó en el peor momento de nuestra historia para acabar con el dolor. Se va Ernesto Farías, el Tecla.  Parte con un lugar en la historia de este club que nadie ni ninguna decisión o capricho pueden borrar.

Muchas gracias por todo. Por enseñarnos que la gloria vale más que el dinero.

#GraciasTecla

Saludos y gracias por leer estas líneas

MAURICIO BERMÚDEZ / @MBER226

 

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